Taller literario – Sesión 4 (Temporada II): Tres historias escuras. Fóra de nós.

Había tempo que non subíamos nada do taller. Non é que estivesemos vagueando (quizais un chisco si), mais penso que a espera pagou a pena. Hoxe traio tres historias, ou algo parecido a historias, retazos oscuros, pinturas duras de ambientes moi distintos. Unha guerra, un pirómano, un enterro. Non son historias agradables, por diversos motivos. A verdade é que dentro do taller este exercicio quería sacarnos un pouco da nosa zona de confort, e coas historias ían unhas restriccións temáticas ou formais que tentaban orientar o exercicio cara cousas nas que cada un de nós é máis débil. Non sei se o conseguimos, mais as historias de algunha maneira creo que conectan entre si. Aquí tedes o resultado.

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Tamara Barreiro Neira

03/04/2012, tarde.
Y fuera se escuchó un trueno. ¿Era un trueno o un disparo? Era tan confuso… Truenos y disparos. Truenos y disparos se mezclaban en el aire, se retorcían y nos invadían. Las cosas se habían puesto feas ahí fuera. Ya no encontraba a Dios por ninguna parte.
Mis dos hermanos pequeños se habían escondido debajo de la mesa, y gemían y temblaban. Mi madre había tenido que cruzar la calle para comprar un pedazo de carne y la medicina de Abraham, mi hermano menor, que ahora escondía la cara entre sus diminutas manos de niño de tres años -tres y medio si le preguntabas a él-. Mi padre figuraba en las listas de desaparecidos desde hacía ya tres meses, si es que realmente había alguna lista.
Un disparo y un grito. Lo que estaba pensando se me rompió, y los pedazos se me escurrieron entre los dedos como se escurre la arena. Corrí a la ventana. Un cuerpo en medio de la calle, rodeado de un charco de sangre. ¿Mamá? No, era un hombre. Mamá me saludó desde la ventana de la casa de enfrente. Sonreía y lloraba. Otra vez, tendría que esperar a que se hiciera de noche para volver a casa, caminando pegada a la pared. Y Abraham cada día tosía más fuerte, y parecía que se rompía por dentro y que empezaban a salirle grietas. Yo también le sonreí y lloré, ¿qué iba a hacer?
Volví a la cocida. Le di un trozo de pan a Abraham y otro a Sara. Antes del 2011, mal o bien, siempre había comida, pero ahora yo llevaba dos días sin probar bocado. Y no podía dejar de pensar en Benjamín, mi marido -mi cadáver, más bien- y nuestra casa en Damasco -nuestras ruinas, más bien- y en todos los hijos que debíamos haber tenido. Por suerte no habían nacido para venir a morir aquí, en Aleppo, de vuelta a casa de mi madre.
04/04/2012, madrugada.
Durante la noche, mamá no pudo volver a casa. Hubo bombardeos y truenos y disparos por allí, cerca, hacia el centro de la ciudad. Mamá prefería esperar y yo estaba de acuerdo. Después, a la hora aproximadamente de que consiguiera quedarme dormida -una tregua fuera de mí, en la calle, y también en mi cabeza, cuando conseguí escapar de Benjamín y de Damasco- Abraham se escurrió entre las sábanas hasta el suelo. Le costaba mucho respirar y jadeaba como un hombre anciano. Tosía, tosía, tosía cada vez más fuerte y cada vez más rápido. No sabía qué hacer. Su cara de tres años -tres años y medio si le preguntabas a él- tenía un color cada vez más extraño.
-Sara, corre a la cocina.
-¿Qué quieres que te traiga, Susana? -habló muy rápido, ahorrando tiempo. Me quedé pensando. No teníamos medicina y no sería capaz de beber. ¿Qué tenía que hacer?
-Nada, Sara. Tan solo espera en la cocina.
Salió, corriendo y llorando.
No sabía qué hacer por mi hermano, así que lo metí en la cama y le acaricié la cabeza. Absorta en mis pensamientos, no me había dado cuenta de que Abraham había dejado de toser. Y de respirar. Se le había escapado la vida por la boca. Lo envolví con la sábana y lo llevé a la habitación de mis padres. Cerré con llave para que Sara no pudiera entrar. Estaba dormida en el suelo de la cocina.
04/04/2012, tarde.
Le conté a mamá por gestos que Abraham había muerto. Salió a la calle corriendo, llorando, como mi hermana.
Disparos.
Gritos.
Sangre derramándose sobre sangre seca de ayer.

No sabía qué decirle a Sara. No conocía palabras que dijeran lo suficiente, al menos en mi lengua. Pero Sara pareció comprenderlo igual.
Estábamos solas, rodeadas de cadáveres, recuerdos y fantasmas.

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Clara Vidal

Nací, crecí, no me reproduje y me emancipé. Este último verbo de la secuencia vital obliga a desempañar otro tedioso verbo al que todos hacemos frente pese a nuestros deseos: trabajo. Afronté mi entrada en el mundo laboral como cualquier colega: no quedaba otra. No se puede tirar de padres de por vida y hay necesidades que se van creando que no son manutención y da bastante palo pedir fondos. Necesitaba dinero propio. Por tanto, me busqué la vida y estuve una larga temporada entregando currículos con mis amigos, que también querían encontrar algún chollo, pero nada. Después de entrevistas y entrevistas, meses y meses, ellos se colocaban en la empresa no sé qué, en la empresa no sé cuanto… y yo seguía en peligro de existencia por inanición forzada.
Un día, tomando una caña en un bar, se me acercó un tipo con apariencia de ricachón y me preguntó que si quería trabajo. Cerré la sección de empleo del periódico de sopetón y le contesté que precisamente eso era lo que necesitaba. Me comentó que él llevaba el negocio, pero en la oficia; y que necesitaba una mano de obra joven, aunque no tuviese experiencia. Me explicó que se dedicaba a la quema de bosques en territorio nacional porque las empresas de celulosa prefieren pagar menos por la madera que, aunque esté quemada, sirve para hacer papel, y así de paso, los bomberos tienen trabajo con fuego y no desatascando desagües de vías urbanas. Me dijo también que cuanto antes me incorporase, mejor, porque era verano y había una temporada larga de anticiclón sin humedad y con viento que deberíamos aprovechar.
Cuando llegué a casa aquella noche, llamé a mis padres y a mis colegas muy ilusionado. Después de tanto tiempo, por lo menos tenía empleo y aunque no solía dar muchas señales de vida, esa me parecía una buena oportunidad para cambiar la rutina. Me preparé para irme a cama y me levanté al día siguiente con las pilas a tope pensando que, aunque no era lo que había deseado toda mi vida, quizá no estaba tan mal. Por aquel entonces no imaginé que me fuera a gustar tanto este trabajo y que me aportaría tanto. Así que, como el jefe me había insistido mucho en la pulcritud y limpieza que exigía tanto en la oficina como en cualquier lugar al que fuera en horario laboral, intenté tenerlo todo a punto. Me aseé bien y limpié bien mi maletín.
Cuando llegué a la oficina, el jefe me dio las llaves de la furgo y me fui a comprar material. También me dio una tarjeta con la que comprar a cargo de la empresa todo lo que necesitase. Lo primero que hice aquel primer día fue ir a la ferretería, donde compré una sierra ancha, una larga, unos alicates y cuerdas. A continuación, fui a la gasolinera, a repostar y a coger un bidón de gasolina para el maletero. Y ya lo tenía todo porque, al parecer, el anterior trabajador fumaba y se había olvidado cerillas en la guantera del coche de la empresa.
Tocaba empezar con el lío. Cogí el mapa con las coordenadas del catastro dadas por mi jefe y me dirigí al lugar donde me tocaba empezar ese día. Curiosamente, lo encontré sin problemas. Examiné la zona, corté unos hierbajos que quería plantar en casa porque me parecieron bonitos y cogí unas setas, para cenar esa noche. Rocié todo de gasolina, lo hice arder usando una cerilla de las 200 de la caja sin empezar del que ocupaba mi puesto, miré un rato cómo la naturaleza se confundía entre humaredas y volví a la oficina a por nuevas coordenadas.
Así transcurre mi día a día en la empresa en la que llevo ya tantos años trabajando. Coordenadas, trabajo, nuevas coordenadas… Estoy muy contento, puesto que todavía quedan muchos bosques por quemar y parece un oficio con futuro. Y eso, dado en la situación económica de crisis en la que nos encontramos, es algo que me mantiene aliviado. En última instancia, lo que sí temo es que me redirijan hacia mi casa para quemar el jardín, puesto que desde que empecé a trabajar en esto, en cada quema veo algo que no puedo destruir y me lo llevo conmigo. Sería paradójico decir que me llevo el trabajo a casa.

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Guillermo Rodicio

Aquilo non era divertido. O ataúde no medio, e dentro un home duns 60 anos, vestido de traxe rigoroso. E unha chea de profesores diante do ataúde sen mirarse entre eles. Non hai ningunha muller no tanatorio. E aparece un tipo novo, que non vai de traxe, pero leva camisa. E le algo, da Biblia ou algo así, pensado para un momento como ese. Non ten o máis mínimo impacto nos presentes. Ninguén chora. Os profesores traxados só miran quedos para diante, como se esperasen a que pasase algo. Ninguén é consolado porque ninguén parece necesitalo. O cadáver semella sorrir. Aquilo non era divertido.

Sen razón aparente érguense todos e comezan a socializar, a falar entre eles de temas inocuos e aburridos pero moi intensamente. Creo que algún afrouxa a gravata. Se houbese viúva algún idiota iría a dicirlle que o peor xa pasara, ou algunha parvada equivalente.

Un dos profesores acende o aparato de música e sona Händel. Volve a un grupiño a falar e parece moi satisfeito de si mesmo. Como se pensase, nalgún recanto dunha mente enferma, que só un xesto inútil fixera a vida dos demais un pouco menos insoportable. Tocarse o carallo con Händel.

No corro dos profesores un admite que non sabe os apelidos do finado e que non sabe moi ben por que está alí. Os demais rexéitano, de maneira mesmo un chisco agresiva. O que non sabía o nome vai a unha esquina e tenta chorar, mais non dá. Non teño ningunha teoría sobre estes acontecementos.

Outro dos profesores exclama en voz alta “teño medo a morrer”. Os demais fan xestos afirmativos como apoiando a afirmación, mais dunha maneira neutra, como se o tipo dixera que é un bo ano para investir en enerxía eólica.

O dono da funeraria entra e avisa que en breves deberían ir saíndo. Os profesores tómano como a alarma que marca o fin da clase e saen moi ordenadamente, sen présa, en fila india e sen falar. Un risca o evento “Funeral de Paco” dunha axenda pulcra, moi de profesor. Aquilo non é nada divertido.

Unha opinión sobre “Taller literario – Sesión 4 (Temporada II): Tres historias escuras. Fóra de nós.

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  1. Tamara, sorpréndeme bastante o teu. Sóame pouco a ti. É bastante, bastante diferente; aínda que pechas cunha pantasma, cousa que… Si, iso cadra contigo… XD Colóuseche. XD
    Gosto moito do “Non teño ninguna teoría sobre estes acontecementos”. Polo demáis, moi de Guille, á verdade. É moi teu e… fai gracia. xD Síntoo, pero ten gracia, xa, que comeces así a historia.

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