Taller literario – Sesión 5: A música no papel

Que bo día hoxe, das Letras Galegas, para sacar a seguinte entrega do noso taller literario. Nesta ocasión recollemos o que fixemos o 9 de maio. Foi un día moi interesante e variado, precisamente pola actividade que propuxeramos. Xa un días antes da sesión cada un dos participantes tiña que escoller unha canción que pensase que era suxestiva, ou que lle dixera algo especial. Aínda non sabían que iamos facer con elas, así que penso que foi unha escolla bastante inocente. Unha vez todos reunidos sorteamos as cancións, e cada un inspirándose na que lle tocara tiña que escribir un pequeno relato. A idea era deixarse levar pola melodía, ou que a letra fose algo suxerente. Afundirse nunha cancion que quizais nunca escoitaras mais que a outra persoa sabes que lle di algo especial. E desa viaxe polo fondo das pezas saíron estos relatos. Recomendo que se ides lelos o fagades cos videos que aparecen ao princpio de fondo de lectura. Son as cancións que lle tocaron a cada un, e dalgunha maneira están fortemente relacionadas coa historia que se conta. Esperamos que vos gusten

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Guillermo Rodicio

Dando voltas en círculos pola habitación. Cheiraba a sexo, a po, e a casa pechada. El estaba nu, e tiña a pel aterecida polo frío. Nun recuncho había unha guitarra desleixada, agochada baixo uns vaqueiros azuis de muller. Ela estaba durmindo, enleada entre as sabas da cama, suxerente mesmo sen ser consciente. O pelo vermello refulxía ao contacto das primeiras raiolas de sol que se coaban entre as persianas vellas e sucias.

Seguía dando voltas, murmurando e paseando as mans polas tatuaxes do seu corpo. Tratando de recordar. A esquerda pola caveira debuxada en tinta azul no lombo (letra dos Clash). A dereita pola guitarra do peito (letra de Velvet Underground). As dúas na mancha de tinta vermella informe, no baixo ventre. Non saía nada, Punk and fuck the world! Mirala de novo.

Ela moveuse entre sonos, como se bailase unha antiga danza tribal, movendo as cadeiras, cruzando as pernas, deixando os peitos ao frío de decembro que percorría o dormitorio. Ollouna de esguello, sen querer, ardeu de desexo e esqueceu os riffs e o baixo endiañado.

Seguiu dando voltas, case correndo. Puxo a chupa de coiro, mordeuna e lanzou un BERRO silencioso. Tiña o concerto esa mesma noite. (letra dos Sex Pistols). Como espertara e volvese a falarlle  perdería o pouco que lle quedaba. Esa voz escura e larpeira, que queimaba e fería, tan rítmica, tan noxentamente harmónica.

Quería saír, mais non se atrevía. Quizais se marchaba nese momento non a volvería a ver, non debía volver a vela. Xa non retumbaba a batería nos seus pasos. Seguiu dando voltas.

Pensar que nalgún momento chegou a crer que era el quen se estaba a aproveitar dela. Que o pérfido rockeiro estaba a estragar unha inocencia vermella. Que subnormal! Era unha puta vampiresa! Chuchou del toda a furia e agora xa non quedaba nada. A moi zorra.

Volveu a moverse en sonos, probabelmente polo frío. El sentiuse de novo excitado, puto corpo que vai á súa bola. E de novo medo. Tiña o concerto esa noite.

E non quería marchar. Porque xa non tiña sentido. Sen odio, perdido entre os centímetros infinitos das súas costas, agochándose do BERRO no inferno cálido da súa melena. Punk and love the world! Non ten sentido.

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Maikel Chao Parapar


Ya no recordaba las bellas vistas del pueblo, la fresca brisa que juega con el pelo, los árboles susurrantes, el perfecto verde del césped o el claro azul del cielo. Sí; sus recuerdos de Villa Nodosa no eran nada atractivos, se podría decir que la perseguían, la asfixiaban,la atormentaban y destruían sus ser. Pero ahora que la ve tan elegante y tan recia se pregunta si esos espantosos fantasmas son verdaderos, tanta belleza no puede ser nociva creía inocentemente.
Habían pasado quince años desde que se había marchado y el pueblo no había perdido su aire rústico. A medida que avanzaba con su coche se convencía de que no había sido tan mala idea haber vuelto. Cansada de un aire artificial, estacionó el coche a un lado y bajó para continuar a pie, respirando el pulcro y puro aire del pueblo. La sensación de placer era embriagadora, era como si al cruzar la esquina fuesen a aparecer sus padres y a regañarle por volver tan tarde. Sin embargo, no era posible, el rencor que había guardado durante años y años hacia su pueblo natal había hecho que no se hubiera podido despedir de ellos, había llegado demasiado tarde.
Tras varios minutos caminando llegó a su casa de la infancia. Entró cuidadosamente y se paró frente a las escaleras, ahora adornada con sus fotografías. Mientras subía se daba cuenta de que sus religiosos padres habían esperado el regreso de una hija pródiga que nunca había aparecido. Les había roto el corazón ¿Podría vivir con dicha carga? Subió al segundo piso y todo seguía igual, incluso el armario contenía la ropa de su adolescencia. Con lágrimas (entre tristeza y arrepentimiento) cambió su colorido top, sus blancos pantalones y sus deportivas rojas por un ajustado vestido negro de encaje y unos altos tacones a juego. Tras esto cogió la ropa que su hermano había seleccionado para sus padres y salió rápidamente camino al tanatorio.
Los tanatopractores habían realizado un excelente trabajo. Mientras colocaban con respecto y dignidad a los fallecidos, los amigos de la familia esperaban para fuera para darles el pésame. Fátima y su hermano se sentaron junto a los cuerpos sin vida de sus padres y esperaron a que la gente entrase.
Sí, había sido duro volver pero no se había imaginado lo duro que sería recibir a todas esas personas. Ya habían pasado tres horas y todavía llegaba gente, algunos conocidos para ella y otros no tanto. Entre todas estas almas caritativas aparecieron ciertas caras familiares para Fátima. Eran sus compañeros de primaria. ¿Cómo osaban entrar allí, mirarla a los ojos y decirle que lo sentían? ¿Es que no sabían que los odiaba? Ellos le habían destrozado la infancia y ella había huido de esos recuerdos dejando atrás a sus pocos amigos y a su familia, familia que ahora se había desmoronado.

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Lucía Laya

–         ¿Qué le sirvo al Sr. Malcom cuando llegue?

–         Una soda con limón y hielo, pero Annie, ¡no se te ocurra echarle nada de alcohol!

Sirvo la copa y se la llevo al Sr. Malcom en cuanto entra por la puerta del club. Aparece como siempre, con un elegante traje gris de lino, sombrero y bastón a juego. Y yo con este viejo uniforme de camarera, parezco estúpida. El Sr. Malcom coge la copa y la bebe de un trago, me mira extrañado. Es lógico, es mi primer día de trabajo en el Basement. Saluda a unos cuantos clientes y se va a su pequeño despacho. El local está a rebosar, la gente se agolpa en la barra pidiendo la especialidad de la casa. Creo que va a ser una larga noche…

Maldito el día en el que se me ocurrió escuchar a mi primo Stuart. Con la de problemas que ya tenía, el muy idiota me propone montar un local clandestino para servir un cóctel inventado por él. ¡Pero si ni siquiera sabe bien! Y luego se larga por patas, cargándome a mí con el muerto. Como lo coja… Pero la gente viene aquí cada noche a beber y a bailar, a pesar de las prohibiciones. El muy bastardo tenía razón: lo demandan… Tanto que todo el mundo en la ciudad me conoce y me saluda con agrado, como si fuera el alcalde más querido de los Estados Unidos. Pues ya me toca las narices tanta amabilidad y tanto peloteo. ¡Interesados, que son unos interesados todos! Cada vez me da más asco venir al club todos los días y ver las mismas caras de clientes y empleados babosos y lameculos. Aunque hoy he visto una cara nueva. Supongo que la habrá contratado Cecile, que desde que detuvieron a Luke necesitaba ayuda detrás de la barra. En fin, dentro de poco ella también me caerá mal…

Como cada jueves, vuelvo a casa con el uniforme puesto para así lavarlo y empezar el fin de semana con él limpio. Mientras le doy la vuelta para ponerlo con el resto de la colada se cae un papel del bolsillo del delantal. “Annie, mañana no vengas a trabajar, tómate el día libre. Sr. Malcom”. ¡Qué raro! ¿El viernes, día de más afluencia de clientes, no tengo que ir al club? Creo que voy a llamarlo, no vaya a ser que sea alguna broma de Cecile… No me coge el teléfono. Cuando vaya al mercado pasaré por su casa, que me coge de camino. Sigo con la ropa sucia y suena el teléfono. Es él, me confirma la nota, insiste en que mañana ni me acerque al Basement y, para no meterme en líos, prefiero hacerle caso. Además así puedo aprovechar para hacerle una visita a mi hermana Rose.

Portada en el periódico de hoy: “Mueren 30 personas envenenadas en un club clandestino”. ¡No me lo puedo creer, no puede ser el Basement! Leo la noticia y confirmo mis temores. Al parecer, alguien añadió un veneno llamado botulina al cóctel más servido y casi todos los clientes quedaron paralizados y murieron por asfixia al instante. Los pocos que se salvaron dieron la voz de alarma, llamaron a la policía y a los periodistas, quienes no tenían constancia de la existencia del club. Aparece una lista de nombres de los muertos, Cecile y algunos clientes asiduos entre ellos, pero por ningún lado aparece el del Sr. Malcom. Es lógico, él nunca bebía. Menos mal que me dio el día libre… ¡Oh, mierda!

Llaman al teléfono. Es el Sr. Malcom. Me pregunta si estoy bien y me dice que no me preocupe por nada, ninguno de los supervivientes me acusará y como la policía desconocía las actividades que se llevaban a cabo en el Basement no seré investigada ni interrogada. Le pregunto donde se encuentra y no me contesta. Se despide y cuelga el teléfono, allá donde esté.

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Pablo Esporas

Lyrics for Amazon Love
Una casa acogedora y hecha de madera. Una estancia que duerme. Arriba de las escaleras el lugar pertenece al mundo del sueño. Todo está tranquilo, en penumbra y bendecido con buenos deseos.
Pero el resto de la casa está anclada e la vigilia, en el mundo real, en el aquí y en el ahora.
Las cortinas corridas, la tetera pitando, las luces parpadeando. Todo el hogar completamente ignorante y indiferente a mi viaje mental.
Estaba en el Amazonas, recorriendo el sinuoso y peligroso río. Observaba a través de la cubierta las dos orillas inhóspitas devoradas por la selva que amenazaba por conquistar el agua, cómo los cocodrilos nos miraban hambrientos y calmados al ritmo del Soul.
En las profundidades de aquella densa espesura se encontraba Alazaya. Alazaya mi amor, tan lejos y tan cerca como el perfume que me arrastra tuyo la jungla. Sueño con llegar hasta tí pero la mayor parte de mi cuerpo está encerrado en esta casa que ojalá, alguna vez, se la lleve el viento.

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Davis Nei Negreau

Todo bailaba, todo se movía, las sorpresas se sucedían sin fin. Cada paso que daba parecía un ritmo, una métrica, una canción. La vida despertaba y con ella todo su colorido, los árboles eran verdes, pero un verde colorido, fluido, un verde que solo le pertenecía a ellos, las calles grises y la gente que paseaba se turnaba para representar el color del arcoíris. Cada mirada, cada ruido era como la nota adecuada en la tonalidad y momento adecuados y todos juntos formaban arpegios y acordes de un sentimiento y una vivacidad maravillosos.
Louis no pudo más que maravillarse ante la fantástica melodía que se desarrollaba a su alrededor, toda la ciudad moviéndose junta, coordinándose y componiendo una obra que habría hecho palidecer de envidia al mismísimo Vivaldi. Todo estaba estratégicamente colocado, el sonido intermitente de la taladradora, el bocinazo de un coche, incluso la alarma de un coche policía a lo lejos irrumpía en esta creación con un tono alto y agudo. Todo se componía dentro de la mente de Louis como un delicioso rompecabezas. Este comenzó a correr hacía su casa, necesitaba su saxofón, YA. Mientras aceleraba todo lo que le era humanamente posible, el murmullo de la gente se integró en la melodía, acompañándola y suavemente bajando de tonalidad hasta poner fin a la música. Volvía el ruido y la realidad

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Tamara Barreiro Neira

Había nacido en el vientre de aquel edificio viejo, derrumbado, arrugado como una bola de papel. Estaba tullido, enfermo, incapaz. Todos los demás tenían sus maravillosas alas, ¿dónde estaban las mías? Y debía esconderme, o mirar cabizbajo todo lo que veía, porque si miraba hacia arriba, allí estaban todas aquellas personas que sí podían. Que podían volar. Y yo no.
Todo lo que ellos sabían de allí arriba, yo lo ignoraba. Decían que había un sinfín de personas como yo en alguna parte, pero yo no lo creía. Y a la vez sí lo creía. Bueno, no podía ser el único, pero a la vez parecía estar solo en el vientre de mi edificio arrugado, escondido en mi madriguera. Incluso me había atrevido a vagar por la ciudad, pero nadie había salido a mi encuentro. Supongo que estarían muy ocupados intentándose hacer crecer unas alas.
Durante la noche, precisamente, cuando la luz de aquella lámpara que colgaba del cielo no llegaba a mi madriguera, yo me acurrucaba, haciéndome otra bola de papel, mimetizándome con mi hábitat, viendo a todos los demás disfrutar de la noche.
A veces se me pasaba por la cabeza coger aquel rifle enorme y pesado que me había encontrado en la otra acera de mi mente , disparar a uno de ellos y ponerme sus alas, pero aquello podría haber sido pero para mí que para el presunto muerto… Otras veces armaba mis guerras contra u espejo para hacer brotar al poeta, pero solo salía un brote marchito. Al principio salía algo que parecía un brote verde, pero si no era el Sol, era el viento o la lluvia, y moría.
Pero hoy no. Hoy el poeta brotó, y nació un estupendo roble. Escribí, y me nacieron las alas. Desde allí arriba ya no veía ruinas, sino brillo y luz y color. Y miles de millones de letras

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Clara Vidal

La luz de una mañana soleada se coló por la persiana de mi habitación. Me desperecé remoloneando, sin querer levantarme de la cama, con una pasividad y una calma absolutas. No había sucedido nada que me alterase el día anterior; ni tampoco tenía nada planeado para ese día.
La claridad se hacía cada vez mayor. Me empezaron a doler los ojos, por eso decidí levantarme. Sin muchas ganas, seguí haciendo las cosas con lentitud. Completamente llena de tranquilidad. Desayuné, me duché, me vestí… Me desvestí. Paseé desnuda por casa. Miré el tiempo desde la terraza para elegir ropa de nuevo, y seguía soleado. Solo me detuve mirando al cielo, viendo volar a los pájaros.
Me volví a vestir de forma definitiva. Ese día, mi modelito iba a ser un vestido veraniego, aunque acabáramos de comenzar marzo. Tenía ese sentimiento de dulzura y placidez que se experimenta con una caricia que te regalan y hacen con una pluma de algún ave. Libre, delicada, suave. Estaba en un sueño. Realmente no sé si había despertado del todo…
Cedí a mis ganas de volverme a desnudar y encadenarme a la cama, y salí de casa. El cerrojo de la puerta nunca me había resultado tan duro. Algo estaba pasando… No quise coger el ascensor, así que bajé las escaleras lentamente, con la esperanza de encontrarme a alguien en el rellano que consiguiera hacerme despertar de ese sueño, de esa sensación que me volvía y comenzaba ya a transformarse en locura. Pero nadie. No había nadie. ¿Dónde estaban las vecinas gritonas que siempre me estaban molestando?
Era misterioso y demasiado bueno para ser cierto. Esa sensación se convirtió en frustración cuando estaba llegando al portal. Tenía miedo a salir a la calle. No sabía el porqué, pero no quería. Quería, tan solo, volver a acurrucarme entre las sábanas y que el día se paralizara. Que no ocurriera nada. Todo así estaba perfecto. No quería dejar avanzar al día. No quería favorecer que las horas del reloj recorrieran toda la esfera.
Abrí la puerta. Me vino un olor extraño. Seco, como los mediodías de un mes de pleno verano en Madrid. Ese olor fundido con la paz… Con la nada. Con absolutamente ningún ruido. Miré el reloj para intentar explicarme por qué no había nadie en la calle, pero el móvil se me había apagado.
Caminé hacia tu casa, porque era domingo y no teníamos clase. Ninguna caca de perro, ningún café abierto, ninguna colilla… Nadie. Nadie ni nada. Esto empezó a asustarme, así que me propuse echar una carrerita hasta tu casa, para que me abrazaras y ver a alguien. Y, así, por fin daría sentido a la sensación con la que había amanecido. Esa pluma por el vientre… Y también así comprobar que no era cierto que, de repente, estaba sola en el mundo.
Pensé que estarías durmiendo todavía, aunque no sabía la hora; por tanto, no te timbré. Recordé que nos habíamos intercambiado las llaves hacía unas semanas, así que las usé, a pesar de que todavía no las había utilizado hasta ese momento. Pretendía despertarte con un beso, decirte “no te muevas, que te traigo el desayuno” y acoplarme contigo en tu cama. Quería… eso.
Convencida, abrí el portal como si fuera la primera vez que usaba una llave: torpemente. Se me cayeron al suelo y las recogí; y subí corriendo las escaleras porque no quería esperar al ascensor, que marcaba que estaba en el noveno.
Llegué a tu planta, y ya antes de abrir la puerta de tu piso, pude reconocer tu colonia en el felpudo. Abrí, y ahí estaba, el olor a chocolate de tu champú. Tu casa, y el aroma del suavizante que usas para la ropa…
Muy sigilosamente, apoyé el bolso en el salón y fui al dormitorio. Te besé. No estabas tan caliente como otras veces. Esa noche no habías dado muchas vueltas en cama, porque ni estabas destapado ni tenías la sábana bajera desenganchada del colchón…
Te seguí besando. No despertabas. Te destapé para besarte el cuerpo. Te besé. Te besé. ¿Por qué no despertabas? No habrías dormido bien…
El sentimiento de paz y tranquilidad que comenzó cuando me desperté se había transformado en una profunda alteración que me asustaba mucho. Y el susto que había ido creciendo durante la mañana, de repente se magnificó y se hizo mucho más notable. Me asusté tanto… que no pude hablar, ni gritar, ni irme, ni hacer nada.
Aún por encima, seguía sola en el mundo. Ningunos vecinos mandaban callar a sus hijos, ni ningún teléfono sonaba. Sí, estaba sola. Definitivamente, estaba sola. Ya no utilizarías nada para acariciarme, ni sentiría la calidez de tus manos recorriéndome nunca más. Ahora sí estaba sola. Y las persianas de tu habitación no dejaban pasar ni un solo rayo de luz solar. Esa opacidad de tu estor aplastante me tapaba la realidad exterior. Ni siquiera sé si aún era de día…
Ahora estoy aquí, frente a una piedra con tu nombre, contándote esto. Esto, lo último que recuerdo. Allí, en tu cama, se acabó todo. Se paralizó el tiempo. Ya no recuerdo nada más. No sé si he hecho algo más de mi vida desde entonces. No sé cuándo ha sido esa pesadilla matutina.
Lo único que puedo contarte, es que esa mañana, la luz de una mañana soleada se coló por la persiana de mi habitación…

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