Taller literario – Sesión 4: A imaxe e as mil palabras

Chega outra entrega do noso taller literario coreandino. A cuarta sesión doi o 4 de maio, cun pequeno cambio de localización desde o noso seminario de sempre a unha aula que nos deixaron, por problemas de horarios de profesores. Mais non tivemos ningún problema e de feito foi o taller ata o momento con máis xente, 7 persoas (e iso que faltou a nosa querida Patricia Vila).

Xa levamos unhas poucas sesións e a verdade, como todo parece ir funcionando moi ben, no taller comezan a soar posibilidades de facer algo xuntos máis estruturado e serio, pensando nun concurso ou algo entre nós. Non hai que ter presa, mais está ben comezar a argallar proxectos, ter obxectivos a longo prazo. Quizais un pouco nesta liña ía a primeira actividade que propuxemos para comezar a sesión. Cos comezos “perfectos” que formaramos na 2º sesión tentamos esbozar unha historia. Cada un colleou o principio de outro, para que non houbese ideas preconcebidas. Non pretendiamos máis que un esquema, algo que debuxara as liñas xerais dunha historia, os acontecementos, algún tema central. Loxicamente son manuscritos de inicio, ideas soltas no ar, mais ao final do artigo pomos un par de exemplos para que vexades como foi a actividade.

Mais o prato forte do día estaba preparado para despois. Fedellando un pouco polas galerías de Flickr, escollimos cada un de nós unha fotografía que nos resultase inspiradora, que nos contase unha historia que queríamos narrar. A verdade é que tardamos bastante en decidirnos, polo que os traballiños que van a continuación están feitos na casa, eso si, baseados nas fotos escollidas no taller. Nótase que hai máis traballo invertido neles e en xeral están moi ben. Nalgúns casos a fotografía está posta ao final, e noutros ao principio, en función de onde pensei que funcionaban mellor para o relato. Recomendovos que tentedes esperar ao final para fixarvos na foto se está despois, ou que dediquedes un segundos a miralas se están no principio. Escollede algún dos relatos e lédeos con coidado, pode que a imaxe tamén vos golpee a vós.

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Lucía Laya

TXIKIA

– ¿Pero qué haces ahí metido otra vez?

No contesta, se ríe y se tapa la boca con las manos, como si el simple hecho de reírse fuera un secreto. Este canijo… siempre haciendo de las suyas. A ver que tal se porta cuando empiece en el colegio el mes que viene. No es que sea un niño antisocial, pero le gusta tanto jugar solo… Incluso tiene un amigo imaginario, un caracol gigante de tres ojos llamado Canicas. Jajajajajaja, ¡qué dulce es! Ojalá se quedara así para siempre… Aunque últimamente tiene una fijación con esconderse detrás y dentro de los muebles… Seguro que juega al escondite con el caracol. Aún me acuerdo de cuando yo hacía de las mías y mi madre corría por toda la casa para vestirme al salir de la bañera, ¡qué tiempos!

– ¡Mami! ¡MAMIIII! –mi ratón viene corriendo y llorando y se abraza a mis rodillas.

– ¿Qué pasó, cielo? ¿Por qué lloras? –le seco las lágrimas de cocodrilo y lo cojo en el regazo.

– Es que quiero ser un monstruo, mami, y no doy.

– ¿Un monstruo? ¿Y para qué quieres ser tú un monstruo?

– Para jugar siempre con Canicas y asustar a los otros niños y reírnos mucho. Porque Canicas me dijo que los monstruos como él vivían en los armarios y detrás de los muebles, entonces me senté mucho rato allí, pero no soy un monstruo y yo quiero serlo… -empieza a lloriquear otra vez y entierra la cara en mi pecho.

– Pero cariño, los monstruos no viven con sus mamis, ¿tú no quieres verme más? Ni a mí, ni a papi, ni a los abuelos… Anda, ven aquí, dame un abrazo grande grande y déjate de monstruos, que como niño ya eres estupendo.

Jajajajajaja, convertirse en un monstruo dice, mira que es… Le doy un achuchón y empiezo a hacerle cosquillas. ¡Ya se ríe otra vez! Le levanto la camiseta del pijama para hacerle una pedorreta en la barriga y me encuentro que la tiene cubierta de una especie de escamas azules. Le miro las manos y los pies y las uñas están empezando a convertirse en las de un animal extraño. Cojo el teléfono y llamo a mi marido. Tarda en contestar y me desespero. Cuando descuelga se lo digo sin dilación:

– ¿Dónde estás? Corre, ven a casa, ¡está pasando otra vez!

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Pablo Esporas

.Mr.Smith estaba leyendo un periódico sentado en un lago con una cordillera nevada a sus espaldas. A pesar del paisaje, la temperatura le hacía sudar, lo que provocaba interferencias en el holograma. Al final no le quedó más remedio que apagarlo por completo y volver a su ardiente y metálica habitación dentro del Helios III, la tercera expedición al Sol desde la Tierra.
Vicky, el sistema de inteligencia artificial de la nave le preguntó:
-Comandante Smith, reconozco las necesidades psicológicas de recrear ambientes helados en esta misión pero… ¿Por qué ese vestuario?
Smith miró hacia sus ropas, devueltas de nuevo a su apariencia de uniforme espacial rahído y contestó:
-Simplemente quiero recordar el tacto que una buena tela tenía sobre mi piel, Vicky.

Situations III

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Davis Nei Negreau

All things come to he who waits

No pudo evitar dejarse caer en el banco, hecho polvo, derrotado y, aparentemente, sin fuerzas para levantarse en lo que restaba de día. Primero miro al infinito, recordó sus sueños, ahora imposibles. Después enfocó la vista hacia el suelo, mientras asumía la perdida de una de sus posesiones más queridas. Finalmente, reuniendo todo el valor que pudo, miró fijamente a la plaza de aparcamiento vacía. Intentó aceptarlo, se lo había llevado la grúa y no tenía dinero para poder recuperarlo. Acababa de perder su intimidad, sus sueños y su libertad. Volvía a ser una pájaro sin alas.
Se habían llevado su coche.

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Tamara Barreiro Neira

Cuando nací, fuera cuando fuera eso, nací muda. Era muda porque mi madre era muy bajita y no le cabían en el vientre todas las características de un bebé normal, así que estaba un poco apretada y, además, mi madre tenía que pensar qué debía faltarme. Una brujo se le apareció en un sueño y le dio a escoger de qué iba a carecer, y pensando que no debía ser coja, manca o sorda, eligió que fuera muda. Como a mi madre le gustaba tanto la música, me dio un acordeón viejo y a cada sonido, un significado para que a pesar de que yo no pudiera hablar, pudiera comunicarme. Así fue como empecé a juntar los sonidos de las emociones para crear música…

Eternal

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Clara Vidal

I've really gotta go!

Duchamp tenía un problema físico de nacimiento. Si bien es cierto que le permitía vivir cómoda y normalmente, la verdad es que le molestaba mucho. Nunca había entendido la normalidad y la comodidad de la que hablaba su madre (ya fallecida) y los médicos. Una cosa era poder andar y valerse por sí mismo; y otra cosa muy diferente es que un niño así fuera a crecer en la absoluta felicidad, como se espera de todo niño…

Desde pequeño, se había acostumbrado a bailar de médico en médico. Duchamp sabía que hablar de citraturia o de que tocaba ir al urólogo era un día a día; era su día a día. Era lo que había, lo que le tocaba, lo que tenía que aguantar desde siempre. Era su estado normal, su mundo cotidiano. Su tortura. Su realidad. La de los otros niños no era tan cierta como la suya. Él siempre entendió la suya, y nada más. Como todo niño, supongo…

Que los hombres necesitaban mear era una realidad patente, y él lo sabía… Y, claro, la situación no era una situación en la que se sintiera muy a gusto… ¿Mear? ¡Pfh…! ¿Mear tantas veces al día? Si fuera algo más esporádico… ¡Pero por qué mear! ¡Por qué le había tocado a él! ¡Por qué con eso…!

Había crecido escapando de habladurías, oyendo “¡qué niño más raro…!”, viendo cómo lo despreciaban por comportarse de manera extraña, por hacer cosas que el resto no hacían, por ver que se escondía y escapaba repentinamente, a veces, sin dar más explicación que un “vuelvo enseguida”.

Lo cierto es que cada vez que se escapaba, era porque necesitaba ir al baño con urgencia. Si tenía ganas de mear fuera de casa, miraba a ver si había gente en el baño público. Cuando no había, corría como si los pies se le fueran a desencajar de los tobillos, y una vez en el baño (vacío) intentaba mear lo más rápido posible para que nadie entrase y le pillara… así. Haciendo el pino con el rabo al aire. Y en esos urinarios en los que todo el munda mea por fuera… ¡Qué repugnante le resultaba siempre…!

No era gracioso. La gente pensaba que lo hacía adrede y que lo que quería era llamar la atención. Pero no. Tenía una desviación en la uretra que le impedía miccionar con normalidad. Si lo intentaba, la orina le empapaba toda la ropa de la parte superior del cuerpo. Además, le dolía. Le dolía mucho. Y los calmantes nunca le habían funcionado. Se había acostumbrado tanto a ellos, que su cuerpo los filtraba en vez de asimilarlos. Estaba harto de oír hablar a médicos sobre pérdidas de citratos, de sangre, de concentraciones líquidas y de qué sé yo… Estaba hastiado de las posibles operaciones que tan utópicamente cambiarían su realidad y su vida. Esa vida que llevaba siendo ya cuarenta años la misma… ¡Ilusos! Él sabía que esa no sería una solución. ¿Qué intentaban, hablando como si hubiera una?

¿El pino a los cuarenta años? Al menos tenía algo de lo que presumir… No todos podrían, y menos con una mano… Pero lo cierto es que esa realidad le había marcado realmente a lo largo de su vida. Ya estaba harto, y se preguntaba cómo sería dentro de veinte años, cuando soportar el peso de su cuerpo con tan solo una mano sería la fuerza equiparable a lo que con cuarenta era subir a un noveno piso en un minuto. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo podría continuar su vida? Su vida, solo. Porque nadie había querido compartirla con él. O él había tenido miedo a abrirse a alguien que estuviera dispuesto a compartirla…

Le condicionaba tanto… Tanto… Incluso en su casa, cuando era adolescente, tuvieron que acondicionarle el baño. Se lo agrandaron, para que pudiera hacer el pino bien, sin golpearse la cabeza contra la taza del váter. Y, cuando era muy pequeñito, no llegaba a la altura de la taza para poder mear, y tuvo que usar pañales tres años más que el resto de los niños. ¿Era eso vida? Desde siempre había pensado esto, y desde siempre consideraba que el resto de los niños eran normales; pero que él no.

Pero los años pasaban. Y la vergüenza a escapar en busca de un baño solitario no cedía. Más y más falacias que se repetían como salvación inútil, como cura de mentira. Siempre mentiras. En cada cita médica, en cada medicamento, en cada pequeña intervención. Más vergüenza. Más médicos cada semana. Más vergüenza. Más madrugones inútiles. Más vergüenza. Más “si no salen ya del baño, me meo encima”. Más vergüenza.

Y aún no había cumplido los cuarenta y uno cuando se respondió a sí mismo a esa pregunta que llevaba tantos años haciéndose. Tanta vergüenza y mal estar, ¿valían la pena? “¿Es esto vida?”, se volvió a preguntar. Supongo que no le pareció que eso fuera vida, puesto que decidió atarse el urinario a un pie y cargar con él hasta la presa de agua de cerca de su casa. Medio arrastrándose, medio cargando con él en brazos… Entre esfuerzos, dejó caer la cuerda… Y allí acabó con todo.

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Guillermo Rodicio

SHORT STORY_1

Só a cámara era xa capaz de sacalo de alí. E de feito por ese poder deixara de gravar case totalmente. Despois de seis meses na caravana xa case rematara o documental, os da BBC estaban moi contentos co que mandara de adianto. Apenas tiña que sacar algúns planos da novas zonas onde chegara, filmar algunha entrevista máis e estaría feito. Mais non quería rematar.

A area atravesáralle. Deixáralle a pel reseca e as preocupacións baleiras. Fame, sede, calor, as sensacións abafantes borraran os pensamentos complicados, exiliados máis aló das dunas. Non estaba máis cómodo, non estaba máis relaxado, senón que se sentía máis pleno, como se fixera as cousas cun sentido máis global. Bebía para non morrer, comía para non desmaiarse baixo o sol abrasador, guiaba aos camelos porque sabía que deles dependía o seu sustento. E de feito calquera outra acción semellaba absurda, pretensiosa. Coller a cámara e gravar o oasis onde facían noite deshonráballe, e os demais que xa o chegara a aceptar, rían del, coma se o descubrisen xogando con monicreques de meniño.

Aquelas xentes apenas falaban. No deserto tiñan máis sentido as miradas, os apoios, un xesto de recoñecemento mentres montabas a tenda. Aprendera un pouco de bereber, e a verdade non mellorara moito, mais dalgunha maneira estraña sentíase integrado. Pasaran dúas semanas antes de que alguén lle preguntara o seu nome, e agora xa non lle parecía estraño. Tiña un par de amigos que sabía que arriscarían a súa vida por el, dos que non sabía o nome. As palabras imperfectas foran substituídas polas accións completas. Coller a cámara non dicía nada.

Erguerse co cheiro dos camelos, apertarse o turbante no medio da tormenta, colocarse preto dun compañeiro xunto ao lume na fría noite. Silencio e sentidos. Colleu a cámara e ollou os documentos máis antigos. Saía el falando, cun pano na cabeza, relatando entusiasmado o que acontecera o primeiro día. Sorriu nostálxico, coma se estivese vendo fotos antigas dun vello amigo. Puxo o mesmo pano e sentou fronte a cámara que xa estaba gravando. Pasou quince minutos diante dela, mirando para o obxectivo. Nin unha soa palabra. Colleuna e saíu da tenda, uns cen pasos cara o sur. Fixo un burato entre a area e enterrou a cámara. Xa non quedaba lente pola que mirar. Os seus ollos miraron para o horizonte baleiro, como se nunca o tiveran feito antes.

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Maikel Chao Parapar

Sí. El tiempo pasa para todos y nada puede detenerlo. “Tempus fugit” decían ya esos locos romanos. Vemos como huyen los segundos, los minutos, las horas, los días y así sucesivamente. La gente nace, crece, se reproduce y, tristemente, muere. Pero… ¿qué es esa cosa que veo frente a mí? Pues… un objeto capaz de capturar cualquier momento, la belleza e, incluso, la juventud. Ya lo veis, yo aquí filosofando sobre una cámara de fotos, cuando mi vida se reducirá a un montón de viejas fotografías que desaparecerán en las penumbras del ocaso.

PhaseOne P25, ArcaSwiss, Rodenstock 45mm. & Abschied dealing with Bernardino Luini.

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Eva Vilar

Weird Beard 4

El abuelo

La primera vez que lo vi no pude evitar reírme. Mi nuevo vecino era un tipo raro. Coincidía con él todas las mañanas en el portal. Siempre llevaba un traje de color burdeos con manchas de pintura y unos zapatos que pedían a gritos la jubilación. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era el peinado. Una maraña de pelo canoso que confundía barba y cabello, acabada en unos rizos horribles que solo dejaban ver sus ojos… Unos ojos increíblemente inquietantes cuando me miraba como si intentase decirme algo ¡Pero yo no le conozco de nada! Y por una especie de instinto básico (o temor infantil) me marchaba siempre corriendo y nunca le daba tiempo a articular ni una sola palabra.

Todo cambió el día que lo encontré tirado en el portal. Unos niños se reían de él desde la seguridad de la acera de enfrente, mientras el pobre hombre intentaba levantarse. Tras pensármelo unos segundos le tendí la mano. Otra vez esa mirada. Lo llevé al ascensor y finalmente me habló.

– Es por mi barba.

– ¿Qué?

De todo lo que hubiera esperado oír en esa situación, esa frase se encontraba entre las últimas palabras.

– Mi barba – repitió – Todo el mundo se burla de ella, pero debo llevarla siempre.

Recuerdo que le hablé de una forma que traspasaba los límites de la mala educación y arqueando exageradamente las cejas ¡Pero es que no dejaba de decir incoherencias!

– ¿Cómo que “debe” llevarla?

Sus ojos se entristecieron a pesar de que me sonriese, aunque lo hacía de una forma casi siniestra.

– Mi nieta me peinaba así. Dios se la llevó y es el único recuerdo que me hace sentir que una parte de ella sigue aquí conmigo. Hace ya tanto tiempo que me he olvidado de la dulzura de su carita, de su sonrisa traviesa, de su voz. Pero cuando me miro al espejo y veo mi aspecto siento que es ella quien me ha peinado.

Me quedé de piedra. Maldije cada vez en la que me había reído de el y de su ropa. Maldije las veces en las que evité que me hablase, debía de sentirse muy solo…

– Lo siento mucho, señor…

– George, me llamo Abuelo George- dijo mientras subíamos al ascensor.

– Yo soy Harriet Peterson.

– Seré breve, Harriet, hace tiempo que quiero hablar contigo. Me recuerdas a mi nieta Beth cuando todavía estaba sana, y no puedo permitir que el mundo te corrompa.

– Antes de entender todo lo que ello significaba, ese viejo loco me había clavado una jeringuilla con un tranquilizante.

Me desperté más tarde en una habitación infantil, la que hoy es mi cárcel. Desde ese día vivo encerrada en su interior y solo salgo para ir al baño dos veces al día, y tres para peinarlo a él. No puedo escapar. Cada mañana me administra veneno y cada noche antídoto. Llevo aquí años no se muy bien cuantos, pero calculo unos 5 o 6. Escribo esto en un pedazo de mi sábana con la esperanza de que haya alguien al otro lado de la ventanita del lavabo por la que lanzo mi última esperanza. Escribo mi historia para que alguien haga algo, llegue o no a salvarme, porque tengo la impresión de que no soy la primera ni la última. Sé que durante todo este tiempo he perdido mi aspecto de niña. Cada mañana me administra más veneno, cada noche menos antídoto. Sé que algún día hallaré en esta cárcel mi tumba, espero que esa ventana dé a algún lugar…

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Aquí no fondo deixamos os esbozos que propuxemos para os comezos da 2º sesión. Quen sabe, quizais está entre esos esquemas futuras historias de mañá.

Co inicio de Patricia Vila:

 El elefante rosa salió de su minúsculo escondite. La noche pasada no pudo dormir debido a una idea asombrosa que le absorbía por completo. Y decidió que era el momento de llevarla a cabo.

Pablo Esporas fixo este esbozo de historia:

Los elefantes, los gueopardos, las aguilas… Todos los miembros del reino animal se reunen convocados por un elefante rosa.
El elefante rosa declara que todos los colores en el reino animal están cambiados (elefantes rosas, guepardos negros, tigres azules).
El elefante tiene una idea asombrosa sobre por qué ha ocurrido: Dios con los años se ha vuelto daltónico.
El reino animal al oír esa declaración rezan a Dios para que les devuelva su colorido. Por supuesto sin respuesta.
Empieza una guerra entre los animales, en la cual los animales se matan entre ellos para robar la pigmentación de la piel de los otros animales que tienen sus colores originales.
Dios al ver la carnicería que ocurre en su mundo, baja a la Tierra, detiene la guerra y pide explicaciones.
Los animales al verle se enfrentan a El por lo que hizo con su daltonismo reciente y lo matan.
Al morir Dios todo vuelve a la normalidad, salvo el hombre, que al estar hecho a su imagen y semejanza desaparece con Él.

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Co inicio de Tamara Barreiro: 

“Y vivía entre las nubes y me movía en los árboles, bailaba entre las hebras del tiempo y susurraba con el viento, y jamás había tocado el suelo.
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Bueno, lo cierto es que una vez sí había estado en aquel lugar al que llamáis suelo.”

Clara Vidal fixo este esbozo de historia:

– Se descubre que es un hombre.
– Se descubre que el hombre tiene fobia al suelo.
– Se descubre que el hombre con fobia al suelo se alimenta de vapor de nubes.
– Se descubre cómo ha vivido todo este tiempo entre las nubes y las copas de los árboles más altos.
– Se descubre que no tiene más familia que los gusanos, los cuervos y San Pedro.
– Se descubre que el hombre con fobia al suelo que se alimenta de vapor de nubes tiene la tensión baja y un día se cayó de un árbol al suelo.
– Se descubre que ese último suceso –el haberse caído del árbol, y este punto final ya se funde con la historia de Tamara, que estaba cortada– es la razón de su fobia al suelo.

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