Taller literario – Sesión 1: Medos en 2ª persoa

O pasado mércores 11 de abril estreamos o noso taller literario, no que tivemos a sorte de contar cos nosos primeiros participantes. Nesta primeira sesión fomos 6 persoas, todas moi interesadas en participar, moi activas, e todas cun nivel bastante alto. Moi bo material co que comezarmos a traballar. Dedicamos gran parte da sesión a discutir algunhas cuestións organizativas, propias dun primeiro día, mais despois diso levamos adiante a primeira actividade.

O primeiro reto do noso taller consistía en traballar durante uns 25 minutos nun pequeno textiño (podía ser tanto prosa como lírica), no que predeterminábamos o tema e unha cuestión de forma. O tema elexido para esta primeira proba é quizais bastante típico, mais non por elo con menos potencial: o medo. Queríamos historias de medo, mais non ao uso, senón medos orixinais, fora dos tópicos. En canto a cuestión de forma, foi algo máis complicado, para facer máis divertido o reto. Tiñan que estar en segunda persoa, como se o narrador estivese falando directamente co protagonista da historia. Pode soar confuso, mais lede os relatos e o entenderedes.

E iso, a disfrutar destas pequenas 6 historias. Non pasaredes moito medo…espero

Para amenizar a lectura non me puiden resistir a por este video de Alan Parsons Project que musicaliza en rock setentero o relato O corazón delator de Poe. Penso que é unha referencia universal de calquera que aínda que sexa por un día queira escribir sobre o medo.

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Davis Nei Negreau

Mientras los sonidos de la fiesta se oían a lo lejos, tú te quedabas en la habitación, temblando, escuchabas como la gente reía mientras hablaban entre ellos. Miguel, tan activo como siempre cogió uno de esos inventos del demonio y comenzó a darle patadas, estrellándolo contra las paredes y provocando ese sonido tan particular, como de succión, aquel que no te dejaba dormir.

Piensas que deberías superar tus miedos, así que intentas salir al salón para enfrentarte a aquello que fue y siempre hubo de ser un entretenimiento.

Vacilante, abres la puerta y te asomas ligeramente al salón, es mucho peor de lo que te habías imaginado. La habitación está completamente cubierta de globos, de todas las formas y colores, algunos incluso cuelgan del techo como vísceras sanguinolentas y deformes. Todos ellos tan juntos, apenas dejaban espacio para moverse, incluso temes que alguno de ellos estalle y sus crueles restos afecten a tus ojos, dejándote ciego de por vida. Incluso así, sales de la habitación con valentía y un nudo en la garganta que apenas te deja respirar, de pronto, Miguel, con su maldita hiperactividad llega y tirándote el globo a la cara dice:

-¡Eh David! Juguemos al aero-futbol.

Cuando el plástico toca tu cara no puedes más y colapsas. Asustado y dando un salto a la vez que apartas el globo de un manotazo corres a tu habitación, te tapas con el edredón y tan aterrorizado que casi estas a punto de llorar, cierras los ojos y ruegas para que esta noche llegue a su fin, sin embargo, sabes que aun te espera una larga pesadilla por delante.

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Tamara Barreiro Neira

El miedo te paraliza por completo. Cada pequeña y diminuta parte de tu cuerpo – y lo que es peor, de tu mente – está inmóvil. Está tumbado en la cama, simplemente sin poder dormir, sintiéndote helado, congelado, hirviendo, paralizado, pero sin poder parar de moverte.

¿Es por algo que han dicho? ¿Algo que han hecho? ¿Algo que has visto?

Es, simplemente, ese temor irracional a un no-sé-qué que no es algo que está fuera, sino que nace dentro de ti, en algún lugar que no puedes controlar en absoluto, así que… ¿qué haces?

¿Qué puedes hacer contra algo que ni siquiera es “algo”? ¿Contra un terror que ni siquiera puedes reconocer?

Tal vez girarte en la cama, a las 3 de la mañana. A las 4 de la mañana. A las 5 de la mañana, sin entender nada, y cada vez más frustrado.

Porque lo peor es que saber que no puedes pararlo.

No puedes pararlo porque no es nada, ni una serpiente, ni un vampiro – por suerte, porque eso sería un verdadero problema…

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Pablo Esporas 

Te encontré esta mañana en un rincón de la habitación, encogido y llorando. Lo has perdido todo porque no has sabido controlarme. Te avise durante mucho tiempo, pero nunca estuviste dispuesto a escuchar.
¿Te acuerdas del principio? ¿Cuándo confiabas en mí para cosas importantes, útiles? ¿Enchufes a la vista, cuchillos olvidados encima de la encimera, niños más grandes que podían darte una paliza? Así empezó todo, con pequeñas reacciones y avisos que te entregaba para que supieras defenderte tú sólo, gracias a mí. Pero no supiste entender….

Poco a poco fuiste dándome más responsabilidad, más asuntos de los que no querías ocuparte, porque eran muy complicados o complejos dentro de tu cabeza… Fui haciéndome con el control de tu vida, fuiste perdiendo tu libertad a un ritmo tan pausado que te impidió ser consciente de lo que pasaba. Pero el proceso aunque lento fue constante, y cuando quisiste darte cuenta, cuándo por fin llegaste a ser consciente de lo que me dejaste hacer, de las cosas que me regalaste, que me pertenecen ya para siempre y que nunca serán tuyas de nuevo, ya fue demasiado tarde. Me entregaste tu vida entera y yo sólo, como miedo humano, como miedo invencible y presente en todas las formas de vida, pude darte lo único que quedó de ese niño que una vez fuiste…… Tu inocencia y desamparo ante la vida.

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Clara Vidal

 “Quedándote dormida”

Estabas tumbada en la cama. Ni siquiera habías terminado el vaso de agua de la mesilla de noche. Sabías qué venía después… Me contagiabas tu vaho de temor; el pavor de tu aliento pegajoso en espera del terror nocturno; tu sobresalto; tu espanto.

Me veías sentada, viéndote agonizar, muerta de miedo; paupérrima de esperanza. Sin salidas. Mirabas para todas partes queriendo no ver caer la luz; no envolverte en la noche… Pero no temías la oscuridad, en absoluto. Tan solo odiabas la realidad que en ella se escondía.

Los perros. Te amedrentaban los perros que, igual que por las calles durante el día, te rozaban una pierna en sueños y te despertaban de un grito empapada en sudor. Con la caja torácica al borde de la explosión.
No te querías dormir porque sabías que, allí, no habría nadie. Son solo sueños… No habría nadie para salvarte. Pero el cansancio te podía, te agotaba; y mi retina, fija en ti, te aterraba más todavía.
No querías. No querías y, ¡joder!, te ibas a dormir. Y no habría nadie. No habría nadie. Nadie, nadie, nadie. Nadie.
¡Diástole!, ¡diástole!, ¡diástole! Buenas noches. Media vuelta, y ¡a dormir!

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Patricia Vila

No eres capaz de verlo pero sí de sentirlo. Es una presencia que te acompaña cuando caminas, comes, ríes. Intentas ignorarlo cerrando los ojos o escuchando música con los auriculares. Inútil. Cuando te das cuenta de que está acechándote, intentas escapar imaginando que no está ahí. Te sirves de la imaginación donde estás aparentemente a salvo, aparentemente. Pero incluso ahí, en los parajes de tu mundo, te observa, esperando a que te sometas a él. Por mucho que te esfuerces no puedes huír. Así que, ríndete, déjate llevar. Hazlo pronto. No luches más. Sucumbe al miedo.

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Guillermo Rodicio

Tic-tac, tic-tac. Son las dos menos 20. Ya llevas 15 minutos en la cama y aún no has ni cerrado los ojos. María va a pensar que eres un rarito. Bueno, sinceramente eres bastante “peculiar”. Aunque admito que tienes mala suerte ¿Qué probabilidades había? ¿Quién tiene cosas de esas en casa hoy en día? No te podías echar una noviecita con una casa menos kitsch. Os pasáis toda la velada en un restaurante caro, después de dos meses saliendo, y cuando te invita a su casa te manda a dormir a la habitación de invitados. Je je vaya pringado. Y encima en breves te vas a poner a gritar

Tic-tac, tic-tac. No te lo puedes creer. Míralo, ahí, mirándote. Es suizo, tú lo sabes, de alguna tétrica aldeíta en los Alpes. Dios mío (o más bien tuyo), seguro que lo ha hecho algún anciano macabro de manos precisas. Te has prometido no gritar.

Tic-tac, tic-tac. ¿Pensabas que te habías dormido? Sabes que no puedes escapar. Resuena en tu cabeza, lento, rápido, silenciosa cadencia. Miras tu reloj de pulsera. 12 menos 5. Qué iluso, ¿te vas a quedar? Lo has intentado otras veces y sabes que no puedes aguantar.

Tic-tac, tic-tac. Estás sudando. Aún no ha salido pero ya te lo estás imaginando. Ya estás aterrorizado. Ya no eres dueño de ti mismo.

57, 58, 59… A las 12 en punto sale el cuco del reloj. Locura

Te habías prometido no gritar, y sabías que era en vano. No creo que debas volver a llamar a María.

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