Comentarios filosófico-literarios: “Frankenstein o El moderno Prometeo” de Mary W. Shelley

Comentario filosófico-literario de

Frankenstein o El moderno Prometeo

de Mary W. Shelley

 por Cristian Pernas Rubal

Cuando escuchamos “Frankenstein” a menudo nos viene a la cabeza el nombre de un monstruo creado para asustar a los niños o simplemente el título de una novela o película de terror, puede que incluso un entrañable y cómico personaje de dibujos animados. Aunque Frankenstein o El Moderno Prometeo fue escrito inicialmente como un relato de terror para leer una noche de tormenta al abrigo del fuego, lo cierto es que en su interior encontramos multitud de temas de gran profundidad y valor filosófico. Si bien cada uno de estos temas ha dado (y seguirá dando) mucho que hablar entre los expertos, las intenciones exactas por las que Mary Shelley decidió dotar de estos valores a lo que iba ser una simple novela de terror permanecen en la oscuridad.  En este ensayo trataremos de esclarecer la presencia de elementos filosóficos en esta novela que ha sabido sobrepasar los límites del romanticismo literario inglés y convertirse en un mito mundial.

Las circunstancias que rodean al nacimiento de Frankenstein en la mente de Mary Shelley son asimismo misteriosas y están rodeadas de ese halo gótico y onírico que tanto gusta a los románicos. Mary Shelley se encontraba con su marido en Suiza en casa de su amigo Lord Byron cuando el anfitrión, inspirado por un sueño, retó a todos los presentes a escribir una historia de fantasmas. La chispa de la inspiración le llegó a la joven Mary Shelley de otro sueño y de las recientes investigaciones que se venían haciendo -infructuosas evidentemente­- sobre el uso de la electricidad para revivir cadáveres inertes. La historia se convertiría en novela en 1818, un año después de que la autora fuese sacudida por aquel prolífico sueño. De esta manera ve la luz la considerada primera novela de ciencia ficción y nace el mito del monstruo de Frankenstein. Sin embargo, la innovación literaria y temática de esta novela queda eclipsada por la riqueza filosófica y moral de una historia que parece que se adelanta a su tiempo. Así es, la única novela de Mary Shelley conjuga corrientes morales tan dispares como el Colectivismo y la predisposición al bien de los seres humanos.

Los propios cimientos de esta novela decimonónica descansan sobre el  primer tema y el más importante de los que vamos a tratar, tanto por su importancia dentro de la obra como por su calado en la historia: el peligro del conocimiento y, relacionado con él, la moral científica. ¿Hasta qué punto debe la ciencia inmiscuirse en los asuntos de la naturaleza? La violación de las leyes naturales de la vida es lo que otorga vida al monstruo. El científico Víctor Frankenstein desoye las leyes naturales de la vida y se equipara a Dios en su búsqueda de conocimiento.

El peligro de la ambición por el conocimiento se hace patente en dos de los narradores de la historia. Robert Walton capitanea una expedición suicida al ártico; su única meta es entregar conocimiento (en este caso geográfico) a la humanidad, incluso a costa de su propia vida y la se tripulación. Víctor Frankenstein, en cambio, está obsesionado con la compresión del poder que insufla vida a los seres humanos; en su periplo por la consecución de ese conocimiento termina él mismo por creerse poseedor de ese poder y decide crear vida a partir de la muerte. La sed de conocimiento del científico le lleva a la pérdida de sus seres queridos y a su propia destrucción. Por otro lado, las advertencias del propio científico (ya víctima irreparable de su sed insaciable de conocimiento) llevan al expedicionario a no terminar de acometer su ambicioso proyecto expedicionario y a salvarse del desastre que el abuso del conocimiento siempre lleva de la mano.

Los ecos de la moral científica de la que hace precoz gala Mary Shelley en su Frankenstein o El Moderno Prometeo continúan, incluso con mayor fuerza, llenando hojas de tinta y sacudiendo las gargantas de los moralistas, científicos y políticos actuales. Las comparaciones entre la ambición de Víctor de crear vida y los experimentos actuales con células madre son inevitables. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que lo que censura la novela de Shelley no es lo científico en favor de lo natural (aunque más tarde veremos la importancia del naturalismo en la novela), sino el conocimiento científico desmedido, irresponsable y sin límites. En sí misma, la ambición por el conocimiento no es más virtuosa que la ambición por el poder o la gloria personal; y en ocasiones puede llegar a ser mucho más devastadora (en el texto vemos como la creación de un nuevo monstruo hembra puede llevar a una procreación antinatural de la nueva raza y a amenazar la entera existencia de la raza humana).

Relacionado con el punto anterior nos encontramos ante la que tal vez sea la única referencia (junto con la presencia del suicidio) a la religión y a la moral religiosa de toda la novela. En su ansia por crear vida, Víctor se equipara a Dios. En su arrogancia el científico se cree capaz de lograr lo que hasta el momento había sido logro exclusivo de Dios: la creación de vida. Las consecuencias de este acto en contra de la naturaleza divina de la vida son fatales para el culpable, Víctor, y los que lo rodean. Sin embargo, como ya hemos mencionado,  las consecuencias de tal acto podrían hacer peligrar toda la raza humana. El propio título de la novela Frankenstein o El Moderno Prometeo nos remite a este personaje de la mitología griega que robó el fuego de los dioses para entregárselo a los humanos. En el caso de Prometeo, las consecuencias de contrariar la ley divina y entregar a los hombres un conocimiento exclusivo de los dioses fueron funestas; en el caso de Víctor, también. El potencial didáctico es común a las dos historias: no se debe contrariar la ley divina.

La práctica totalidad de los románticos decimonónicos ingleses, de los cuales Mary Shelley no era una excepción, sentía un profundo afecto por lo natural y la naturaleza. Ese amor por lo natural se pone de manifiesto especialmente en las obras líricas de los poetas laquistas como Blake, Colleridge o Wordsworth. En el caso de la novela que nos concierne, la harmonía de la naturaleza y con la naturaleza representa lo mejor de los seres humanos. La idílica infancia de Víctor con su familia en medio de la naturaleza suiza está claramente idealizada. Es la pérdida de esa comunión con la naturaleza y el aprisionamiento voluntario de Víctor en su laboratorio lo que despierta su insano afán de conocimientos y lo que propicia su perdición. Cuando Víctor es consciente de su error fatal al crear el monstruo, busca solaz en la naturaleza y en la poesía con su amigo Henry. Sin embargo, el monstruo, fantasma de sus errores pasados, vuelve siempre a perturbar la efímera paz que la naturaleza trae a Víctor.

Por su parte, la criatura vive en paz con la naturaleza y consigo mismo los primeros años de su vida. Aprende a disfrutar de la naturaleza y la literatura, que no lo rechazan como anteriormente había hecho su propio creador. No es hasta que la familia De Lacey, a la que el monstruo había observado desde la distancia y llegado a querer, huye y rechaza aterrada a la criatura cuando esta se presenta ante ellos, cuando el monstruo es invadido por la ira y una sed de venganza tan grande como para llevar a cometer actos tan atroces como el asesinato.

Esta filosofía naturalista es heredera directa de los filósofos griegos epicúreos y estoicos. Pero los románticos la heredaron del naturalismo de la época moderna, en la que destaca el naturalismo pananimista de Robinet y el naturalismo mecanicista de Holbach. En una época en la que el progreso de la Revolución Industrial desplazaba literalmente a la naturaleza y los nuevos valores de progreso desembocaban en la deshumanización del hombre, no es de extrañar que los filántropos y pensadores del Romanticismo inglés torciesen sus cabezas hacia un pasado en el que el ser humano vivía en comunión con la naturaleza y hacia lugares en los que la naturaleza impera sobre cualquier elemento humano (la representación ideal del ártico es un elemento representativo de esto en la novela).

Si ahora nos centramos en la criatura, nos encontraremos incapaces de ver en ella una bondad absoluta, pero tampoco sería correcto enunciar su carácter como revestido de una maldad pura. Inicialmente, la inocencia es la cualidad que mejor define al monstruo; es creado de cero, como un niño pequeño al que hay que educar. Podemos decir que sin lugar a dudas el monstruo no hace gala de una maldad innata, intrínseca. Es la forma en que es tratado por el resto de seres (rechazado por su creador y por la familia a la que amaba solo por su aspecto) lo que le confiere la perversidad que lo lleva sin remedio al asesinato.

El aspecto anterior del carácter de la obra es de suma importancia en la interpretación moral de la obra y bebe de las teorías filosófico-antropológicas enunciadas por los filósofos franceses durante la ilustración. Los filósofos más importantes que tocaron este tema  fueron Hobbes y Rousseau. Para Hobbes, el hombre era malvado por naturaleza (“homo homini lupus”: “el hombre es un lobo para el hombre”) mientras que para Rousseau “El hombre es bueno e inocente por naturaleza, lo que le corrompe es la sociedad” (Discurso Sobre Las Artes Y Las Ciencias, 1750). Las ideas filosóficas que Mary Shelley pone de relieve en la novela se sitúan claramente dentro de las de este último. El “buen salvaje” concepto clave de la filosofía antropológica roussiana encuentra su mejor exponente en el monstruo de la novela de Mary Shelley. Lo que es más, el propio Rousseau culpaba a la ciencia de separar al hombre de ese virtuoso estado salvaje primigenio e inculcar en él los ideales del egoísmo, la ambición y la propiedad.

El Romanticismo, como heredero evolutivo de las ideas ilustradas aunque se pretenda ver a sí mismo como una ruptura, muestra en su vertiente literaria muchas referencias a estas ideas que tuvieron su germen en la ilustración del siglo XVIII.  No es de extrañar pues  que Mary Shelley, de amplia educación en las artes y la filosofía, diese vida a este pensamiento ilustrado en el personaje del monstruo.

Si acudimos a la biografía de Mary Shelley es inevitable que nos paremos a pensar en su madre: Mary Wollstonecraft, escritora, filósofa y activista del feminismo. Es considerada como una de las primeras feministas y sus consideraciones sobre el tema del papel de la  mujer en la sociedad se encuentran recogidas en  la Vindicación de los derechos de la mujer. En esta obra revolucionaria, Wollstonecraft expone que las mujeres no son inferiores al hombre, sino que solamente lo parecen debido a las diferencias en la educación que reciben ambos sexos. Aboga por una educación común y un orden social basado en la razón. La obra fue un precedente e influyó en todas las corrientes feministas posteriores, tanto que fue denominada como “la primera de un nuevo género”.

Teniendo en cuenta estos precedentes maternos, resulta imposible no observar atentamente la obra de Shelley con la lupa del pensamiento feminista. Por supuesto, el tema del feminismo recala con fuerza en Mary Shelley, y más si tenemos en cuenta el ambiente progresista en que se movía incluso después de haberse casado (su marido Shelley y sus círculos profesaban un pensamiento claramente revolucionario). Sin embargo, los círculos intelectuales mayoritarios seguían siendo fuertemente reacios a la entrada de las mujeres en el mundo académico, por lo que el feminismo continuaría siendo una corriente marginal hasta prácticamente un siglo después.

Si aplicamos este pensamiento a la obra nos encontramos con que las mujeres que aparecen en Frankenstein muestran un patrón y unas características comunes. Todas son virtuosas y su moralidad y bondad no se pone en duda en ningún momento. Sin embargo, todas acaban siendo víctimas de los errores de Víctor. Las mujeres tienen en la novela de Shelley un papel notoriamente secundario e incluso pasivo en los hechos que se desenvuelven. Este hecho refleja aparentemente el papel que la sociedad decimonónica esperaba de las mujeres, aunque la literatura ya se había rebelado con anterioridad a este cliché (hay que tener en cuenta a Daniel Defoe y su Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders, publicado en 1722).  Este papel secundario, casi completamente pasivo, responde con bastante seguridad a una denuncia del papel real de la mujer en la sociedad. Los errores que cometen los varones motivados por su sed de conocimiento -la expedición de Walton y la creación del monstruo  por parte de Víctor- los sufren a su vez la hermana del capitán y la prometida, así como su sirvienta, de Víctor. Es importante resaltar que esta filosofía feminista no es de vital importancia en la obra y es fruto de una interpretación subjetiva de la novela basada en la biografía de su autora.

Según nos acercamos al clímax de la obra nos encontramos con un momento determinado en el que Víctor se enfrenta a una decisión crucial en el devenir de la novela y, probablemente, de la humanidad. El monstruo le pide a Víctor que cree una compañera para acabar con su soledad en un mundo que le es hostil. La petición parece totalmente razonable y el lector puede incluso verse tentado a sentir empatía por el monstruo. Pero debemos tener en cuenta (y Víctor lo tuvo esta vez en cuenta) las implicaciones que la creación de un nuevo “monstruo hembra” puede tener; no ya la creación de vida, sino la creación de una nueva raza que muy bien podría amenazar a la raza humana. Estos pensamientos llenan la cabeza de Víctor mientras está construyendo el monstruo hembra y le llevan a interrumpir el proceso y deshacerse de los restos de lo que iba a ser su segunda creación. Recordemos que Víctor había accedido con anterioridad a crear el monstruo hembra bajo la amenaza que su primera creación había proferido contra su familia y sus seres queridos.

Al decantarse Víctor por el bien de la humanidad sobre su seguridad y los suyos (el monstruo le asegura amenazantemente que incluso le acompañará en su noche de bodas) está manifestando un pensamiento colectivista. Esta corriente no-individualista de la filosofía y el pensamiento práctico propugna el énfasis racional en la mayoría sobre un grupo menor, “lo mejor para la mayor cantidad de personas”. Víctor condena a su familia y a sí mismo a un destino funesto por el bien de toda la humanidad.  El colectivismo es un pensamiento fuertemente rechazado por los románticos, para los que el individuo era lo más importante. No es de extrañar pues que Mary Shelley colocase esta clase de pensamientos en la cabeza de un científico tan racional como Víctor; ningún romántico podría anteponer de esa forma la razón a los sentimientos. El doctor Frankenstein se manifiesta así como un personaje anti romántico, la probable antítesis de la propia autora.

Anteriormente habíamos puesto de manifiesto la importancia del conocimiento dentro de la novela y lo habíamos descrito como un tema actual. En Frankenstein se puede encontrar otro tema tan actual y tal vez más polémico todavía que el anterior: el aborto. En el momento de la destrucción del monstruo hembra no-nato, ¿acaso no está Víctor realizando un aborto? Es más, el propio monstruo se define a menudo a sí mismo como un aborto y desea no su muerte, sino no haber sido creado, no haber visto la vida; de la misma manera, Víctor se lamenta a menudo de no haber abortado la creación del primer monstruo tal y como hizo con el segundo.

Por otra parte, el suicidio también está presente a lo largo de la obra en boca del monstruo. La criatura de Víctor Frankenstein lleva desde el primer momento una existencia desgraciada, su mismo creador le rechaza en el momento del nacimiento. Por eso, maldice su mera existencia y las motivaciones que llevaron a su creador a inculcarle vida. De la misma manera un hombre desgraciado y descontento con la vida maldice y reniega de Dios el monstruo crea un odio exacerbado al creador que le dio la vida y las penurias que sufre.

Si tenemos en cuenta todo lo que hemos comentado hasta el momento, ¿no nos es posible asegurar que en el monstruo hay mucho de humano? Es creado por un “dios” que luego lo abandona a su suerte, dejando su raciocinio como único motor para sus actos. Así, el monstruo se guía por pensamientos muy humanos; el bien aflora en él al verse rodeado de la dócil naturaleza y al entablar amistad con el ciego De Lacey, que no es capaz de ver sino lo bueno de la criatura. Las motivaciones del monstruo siguen siendo a menudo erróneas, si, pero también lo son las de cualquier ser humano que hubiese vivido en su situación. El monstruo devuelve la maldad con que ha sido tratado por sus “semejantes” en forma de actos abyectos, pero debemos recordar que su maldad –al igual que su propia existencia- son debidos a la mano del hombre.

Asimismo, el monstruo persigue objetivos tan humanos como la venganza (pocos consideran moralmente cuestionable al Hamlet de Shakespeare o al Dantès de Dumas); o la búsqueda de la felicidad. ¿No fueron los hedonistas griegos los primeros en anunciar que la felicidad y la supresión del dolor eran los patronesprimarios -sino  únicos- que guían las motivaciones humanas? Para el monstruo el fin justifica los medios, se considera con derecho a utilizar cualquier medio, por vil que sea, para acabar con su soledad en ese mundo que lo odia y al que fue arrastrado en contra de su voluntad. En el fondo la criatura ansía vivir en paz, como cualquier ser humano. ¿Merece entonces la criatura morir? Sin ninguna duda no más que cualquier ser humano que haya cometido sus mismos crímenes.

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