Comentarios filosófico-literarios: “El libro de las maravillas y Cuentos asombrosos” de Lord Dunsany (Edward Plunkett)

Comentario filosófico-literario de

El libro de las maravillas y Cuentos asombrosos

de Lord Dunsany

 por Guillermo Rodicio Cimadevilla

El objetivo de este trabajo es comentar algunas de las ideas filosóficas que, como lector subjetivo, considero que subyacen en la narrativa de Edward Jonh Moreton Drax Plunkett, XVIIIº barón de Dunsany. Si bien la meta es conseguir hacer un análisis abstracto de estas ideas, estaremos siempre en contacto con la obra, por lo que creo que es necesaria una pequeña presentación de los libros y su autor. Lord Dunsany fue un escritor y ensayista irlandés que vivió a caballo entre el siglo XIX y el XX (1878- 1957). Estas dos obras datan de principios de siglo, concretamente de 1912 y de 1916, ante y durante la primera guerra mundial, circunstancia que comentaremos más adelante.

En el autor irlandés podemos ver elementos del romanticismo del siglo XIX, y otras influencias de corriente previas, pero también elementos y símbolos propios. Los dos libros de relatos que comentaremos beben del titánico trabajo de los hermanos Grimm, y desde mi punto de vista deben mucho a Poe. Con el estadounidense comparte la etiqueta que más se le coloca a Dunsany: literatura fantástica. Y es cierto. Los relatos que comentaremos están llenos de fantasía, de mundos y criaturas imaginados, de travesías a lo desconocido. Elementos orientales mezclados con tradiciones nórdicas, modernidad urbana y pasado mítico. Ladrones londinenses que roban rubíes custodiados por aves de atisbo difícil, o niñas burguesas secuestradas por dragones y llevadas a su reino donde serán felices princesas. La riqueza del mundo de Dunsany tiene sus propias obsesiones que podemos observar a través de los relatos: el viaje, el aventurero romántico, el narrador, los confines del mundo… Es verdaderamente todo un universo que funciona en el conjunto del libro que te convence de una nueva lógica donde lo extraordinario es creíble.

Sin embargo, Dunsany no es un autor encumbrado, ni excesivamente famoso, más allá de la literatura inglesa. Entonces, ¿por qué este comentario? En primer lugar porque pienso que en los relatos de El libro de las maravillas descansa toda la cosmovisión de un artista, se nos introduce en un mundo donde podemos ver las cosas con una nueva perspectiva y ahí, de manera sutil, aparecen ideas filosóficas. Pero también porque creo que comentando a Dunsany reflexionamos sobre mucha literatura posterior sobre la que el autor irlandés influyó. No ya solo en los obvios autores fantásticos como Tolkien, C.S Lewis o Gaiman. Lovecraft, el padre del terror moderno, escribió un poema elegíaco en el que dice “[…]Tales son vuestras artes, DUNSANY, tal, vuestro don/ que apenas terrestre parece vuestra inspiradora pluma[…]”. Borges se confesó gran admirador del escritor irlandés, y creo que junto a él todo el realismo mágico sudamericano tiene una profunda relación con estos cuentos. En la lógica totalmente contraria a la habitual (pienso especialmente en “De por qué el lechero se estremece cuando divisa la aurora”), me parece ver un inicio de lo que será el surrealismo, o los cuentos de Kafka. Incluso Cunqueiro en Herba de aquí e acolá le dedica un epitafio donde dice “agora el mesmo, na sombra perdido,/ fada é, e fantasma e vagabundo,/ por quen aprenden a guiarse as estrelas”. Creo que aunque Dunsany no ha llegado al gran público, sí fue un autor conocido entre ciertos grupos de intelectuales del siglo XX, y que su influencia es palpable en gran parte de la literatura moderna.

Curiosamente, en El libro de las maravillas y Cuentos asombrosos, apenas hay paratextos. Los relatos aparecen desnudos, sin apenas comentario alguno del autor. La voz de Dunsany en todo caso es solo la del narrador, y toda la obra es el relato, no hay nada detrás. No aparecen personajes históricos, ni eventos actuales, no hay ningún tipo de crítica social. Los relatos tienen su propio funcionamiento, sus propias reglas. Solo tenemos una excepción, el prólogo de Cuentos asombrosos, con dos versiones una para Inglaterra y otra estadounidense. Me parece muy interesante comentarlo y no solo porque sea el único momento en que Dunsany parece hablarnos con su propia voz. Este prólogo está escrito en 1916, y tiene como causa la primera guerra mundial, que estaba sucediendo al tiempo de la publicación del libro. El prólogo es al mismo tiempo una excusa, una declaración de intenciones y toda una poética personal resumida. Una excusa porque sin duda a muchos les parecería frívolo escribir estos relatos tan “fuera” de la realidad mientras miles de soldados perdían la vida. Una declaración de intenciones porque Dunsany afirma que “no escribiré nada más sobre nuestra guerra, sino que os ofreceré estos libros de sueños[…]”. Y toda una poética porque Dunsany de alguna manera valora su propia labor como escritor, y la función de su obra en el mundo.

En la versión británica, el autor dice que sus cuentos versan sobre “ciudades demasiado buenas para ser ciertas”, en contraposición con el mundo de “barro, sangre e uniformes”. Ese “demasiado”, a mi entender dice mucho de cómo Dunsany entendía la fantasía. Parece que los sueños de Dunsany no cuadran en nuestro mundo, no porque sean bellos, o exhuberantes, sino porque son demasiado buenos. En estos libros hay algún cuento que no es realista, pero en el que la fantasía no es realmente onírica sino casi social como en “La coronación del señor Thomas Shap”. En ellos el escenario no dista mucho de la realidad, pero cala en el lector la sensación de que todo es diferente, que las causalidades no son las mismas que en nuestro mundo, que las motivaciones y actuaciones de los personajes no serían así. De alguna manera, son demasiado buenas. El espíritu creador de Dunsany llega al punto de crear un mundo tan rico que por momentos podemos confundirlo con el real, pero que nunca llegamos a entender del todo porque se rige por unas normas que no son las nuestras. En la fantasía tenemos que ver más allá de las esfinges o las antiguas ciudades, porque lo que se crea es todo un sistema alternativo al nuestro, que puede variar en los detalles que no concebimos, en lo inconsciente.

Lo que intento explicar es que la fantasía de Dunsany no se limita a lo meramente superficial. Los personajes de estos relatos tienen otros valores, se da importancia a otras cosas, ven el mundo de manera distinta. El poder creador del autor irlandés configura universos distintos, a un nivel profundo, tanto que realmente no podemos ver todo el proceso, y tenemos que rellenar los vacíos con las pistas que hay en cada texto, poner nuestra deducción a trabajar si queremos reflexionar sobre los relatos. Podemos verlo en el relato “De por qué el lechero se estremece cuando divisa la aurora”. Cuenta un extraño rito de una antigua sociedad de lecheros que consiste una misteriosa historia con el mismo título que el relato. No se nos cuenta la historia, sólo lo complicado que es oírla y lo maravillosa que es:

“Un silencio cae sobre el Salón de la Antigua Sociedad, y algo en la forma del techo y las vigas hace que el cuento re suene por todo el salón, para que hasta el más joven lo escuche lejos del fuego y lo conozca, y sueñe con el día en que tal vez contará él mismo, por qué el lechero se estremece cuando divisa la aurora.”

Continúa describiendo lo antiguo del ritual, y se mofa de como la “sociedad de Aplicadores de Polvos Faciales” intentó formar una tradición similar con un bochornoso fracaso como resultado. Curiosamente, por extraño que sea, el relato respira épica, misterio y la poesía del rito. Solo se convierte en cómico cuando lo analizamos fuera de sus propios términos, porque nos parecería absurdo en nuestro mundo. En realidad, los cuentos de Dunsany denotan un profundo conocimiento de la realidad, tanto antropológica y física, ya que para crear nuevos mundos hay que ser consciente de todas las variables, especialmente de las que no somos conscientes. Y esto incluye “la tierra tiene un solo satélite” pero también “un espía tiene más glamour que un panadero”, o “los chistes tienen que ser graciosos”. En algunos momentos se muestra que el autor sabe que está llevando adelante este trabajo y coloca alguna reacción propia de la Inglaterra de principios de siglo en medio de las fantasías. Curiosamente en esos momentos lo que nos parece más antinatural es la conducta “racional”. Por ejemplo en el relato “La señorita Cubbidge y el dragón del romance”. Una pequeña chica de una rica familia inglesa es raptada por un dragón y llevada a un país maravilloso. La mayor parte de la narración se dedica a describir el fabuloso y fantástico entorno donde la chica pasa a vivir, y de cómo llega a amar su nuevo hogar. Sin embargo, al final del relato, en un pequeño párrafo, se dice:

“Y tan sólo en una ocasión llegó hasta ella un mensaje del mundo que antaño conoció. Arribó en un barco nacarado a través del mar místico y provenía de una antigua compañera de su escuela en Putney; una simple nota, sólo eso, escrita con letra pequeña, cuidada y redonda. Decía: <<No es apropiado que estés allí  sola>>”.

Con esta pequeña intromisión (que aparece en muchos relatos), Dunsany no pretende ridiculizar las costumbres de nuestra cultura. Simplemente las coloca de manera puntual para que nos demos cuenta de que son tan aleatorias y convencionales como cualquier otra lógica social a la que nos sometiéramos, que lo que prevalece al final es el sistema creado, que quizás lo objetivo no lo es tanto.

La ficción se ha enfrentado siempre al problema de la creación. Se parte de un ambiente, unos personajes y unas acciones que no son reales y que sin embargo toman cuerpo en la mente del autor y se reproducen en las nuestras, como reflejos. Sin embargo, el caso de Dunsany lleva este argumento al extremo. La creación en el autor irlandés se lleva al extremo de formar nuevas realidades completas. Y esto nos lleva a plantearnos ¿dónde queda Dios en todo esto? La cuestión ya persiguió a algunos autores, como Tolstoi, que veían en su obra una especie de herejía, por tratar de ser ellos mismos creadores, cuando ese es un papel reservado para la deidad. En Dunsany esto va más allá porque no se utilizan las herramientas de nuestro mundo para crear una historia, sino que el autor osa inventar unas nuevas herramientas. En sus relatos, como después perfeccionarían los surrealistas, nos asomamos a nuevas lógicas, a nuevas concepciones del mundo que nos alienan porque precisamente son “como de otro mundo”. La narración mantiene el lenguaje como nexo que nos permite entender lo que se nos presenta, pero todo lo demás es transformado a un nivel profundo. El propio hecho de que un mero hombre pueda hacer esto, empequeñece a cierto nivel nuestra existencia y desvirtúa la idea de Dios. Si un hombre puede crear nuevos universos en su mente, ¿y si nosotros no somos más que una historia contada por otro hombre? Si el poder de la narración llega a esos extremos, ¿no será el Dios que percibimos más que otro elemento tremendamente poderoso, pero a la postre un mero producto de nuestra capacidad humana de crear? Por supuesto no estoy diciendo que Dunsany fuera ateo, pero creo que estas son las preguntas filosóficas que rodean a la fantasía como hecho literario. Continuando esta lógica, quizás fue esta analogía del escritor de fantasía con Dios la que provocó que este género no lograra un desarrollo completo y profundo hasta mediados del siglo XIX. La mentalidad cristiana de la Edad Media no podía permitirse que los hombres jugaran a ser dioses, y ya había menoscabado las mitologías y cuentos tradicionales sobre las que la fantasía volvería mucho tiempo después. La ilustración no podría haber concebido que la razón no fuera quizás completamente objetiva, y que pudiera haber maneras completamente distintas de enfrentarse a la realidad.

Sin embargo, a este enfoque se le puede dar la vuelta totalmente. Si bien es cierto que la fantasía nos asoma a todo un mundo nuevo por medio de la narración, cuando volvemos a nuestra vida y sentimos y pensamos, el pequeño vistazo a ese otro mundo nos puede parecer insignificante y hasta un poco como un juego (creo que esta es la razón por la que el género fantástico ha sido vilipendiado desde muchos frentes). Toda la ficción se vuelve de alguna manera insuficiente, un simulacro de lo que la verdadera realidad es. El hecho de que en Dunsany las creaciones nos lleguen en forma de relatos, realza esta sensación. Solo vivimos en esos mundos durante unas pocas páginas, y si bien en algunos realmente nos golpea el viaje, cuando volvemos a lo palpable, el cuento nos parece a cierto nivel como un divertimento, un simulacro de la realidad. Pienso en el autómata de Celan en El meridiano, que finge ser humano pero es máquina, como el símil perfecto para esta concepción de la fantasía. Si continuamos esta línea lógica las respuestas a las preguntas ontológicas que antes planteé serían completamente distintas. Si las narraciones, aunque complejas, solo fuesen sombras de la realidad material, se reafirmaría la inferioridad del ser humano frente a la deidad. Incluso los mayores genios literarios no podrían generar nada más que un débil reflejo de lo que Dios creó. Las narraciones más maravillosas, las fantasías más elaboradas, palidecerían al compararlas con nuestro mundo, y eso empequeñecería al hombre, que encontraría, en su propio arte, una lección de humildad.

Leyendo de nuevo ese “demasiado buenas”, del prólogo de Cuentos maravillosos, no creo que esta última fuera la opinión de Dunsany, aunque quizás he llevado la frase demasiado lejos. No me atrevo a dar mi propia opinión respecto a preguntas tan complejas, y no creo que el autor haga ninguna mención explícita al respecto. Sin embargo, me parece que este es el tema filosóficamente central al que nos lleva la fantasía. El papel del hombre como creador, y su relación con Dios.

En el prólogo que estoy utilizando como hilo conductor de este análisis, podemos leer un párrafo que leído hoy día pueda sonar incluso un poco políticamente incorrecto. Mientras reitera que el objetivo del libro es reunir sueños y canciones para ofrecerlas al mundo a pesar de la guerra, dice:

“Y no lamentéis las vidas que se desperdicien entre nosotros o la labor que haya hecho la muerte, pues la guerra no es un accidente que la diligencia del hombre pueda evitar, sino que es tan natural, aunque no tan habitual, como las mareas; más bien lamentad las cosas que la marea se ha llevado, que destruye y limpia y derrumba, y perdona a las más diminutas conchas.”

Dejando a un lado la concepción de la guerra que este párrafo puede denotar (y que sería muy polémica), me resulta tremendamente interesante la jerarquía de prioridades que presenta. En un lado están las vidas humanas, que son relegadas a un segundo plano frente a las “cosas que la marea se lleva”, “las canciones y los sueños, y todas las cosas alegres y libres”. Dunsany expresa aquí el inconmensurable amor que siente por las historias, situándolas un lugar por encima incluso de la propia vida, justificando su propia obra como una forma de “lanzas fuera las cosas de valor, aunque solo lo sean para uno, en el último momento de una casa en llamas”.

Esta idea de la narración como un bien en sí mismo aparece en numerosos relatos. Pienso especialmente en un ejemplo: “La probable aventura de dos hombres de letras”.    En él aparece ante nosotros una tribu nómada, que se siente perdida porque se ha quedado sin historias que contar. Desesperados, mandan a tres hombres (un experto ladrón y dos torpes), a buscar la Caja Mágica, el receptáculo de poemas de fabuloso valor. Gran parte del relato consiste en la travesía de los tres hombres por tierras peligrosas hasta llegar al monte donde se guardaban esas historias. Consiguen aprehenderla a pesar de los peligros y así se describe su alegría:

“Cuál sería su alegría, aún en aquel peligroso momento mientras se ocultaban entre el guardián y el abismo, al descubrir que la caja contenía quince odas sin par en verso alcaico, cinco sonetos que eran, con mucho, los más hermosos del mundo, nueve baladas al estilo provenzal que no tenían parangón con ningún tesoro del hombre[…]. Los habrían leído una vez más, pues hacían brotar lágrimas de felicidad a un hombre y traían recuerdos de momentos preciados de la infancia y voces dulces de sepulcros lejanos […].”

Al final los tres aventureros fallan en su misión, vencidos por una extraña luz en la cámara secreta, en un final de terror a lo desconocido que nos recuerda al mejor Lovecraft. Sin embargo, lo que me interesa de este relato es el papel central que tiene la poesía. Dunsany en pocas palabras muestra lo tremendamente importantes que eran las historias para los grupos humanos ancestrales. Para nómadas como los que aparecen al principio del relato, la narración no era simple divertimento (que también), sino que poseía todo un poder mágico, de rito. El relato divertía, pero también transmitía conocimiento, enriquecía a las personas. Pienso en el ensayo de Benjamin sobre el narrador, en el que se profundiza en esta finalidad útil de la narración. A mi modo de ver, el autor irlandés en este relato alegoriza el papel central de la narración en los grupos humanos mediante una historia de aventuras. La tribu, sin historias, está dispuesta a sacrificar a tres de sus hombres en la búsqueda de nuevos poemas. Saben que es un viaje muy peligroso, que finalmente les quita la vida, pero el sacrifico vale la pena si es para conseguir el ansiado tesoro. A la vista de este relato, creo que podemos volver a leer el texto del prólogo con nuevos ojos. Si la guerra es el sacrificio que tenemos que hacer para poder mantener una sociedad libre en la que proliferen las historias, vale la pena. Y si la guerra en su transcurso destruye los relatos de una sociedad de alguna manera, esa es la verdadera pérdida, y no el simple final individual de una vida.

La poesía que encuentran los aventureros es descrita como si no fueran solo palabras escritas en papel, sino como si encontraran el mayor tesoro posible. El poder de la lírica en la alegoría elaborada por Dunsany, se hiperboliza hasta el punto de que los hombres no pueden evitar leerla, y al apreciar su belleza les brotan lágrimas y nacen en su interior los más hermosos sentimientos. Parece atribuírsele una capacidad de mover lo más íntimo del ser humano, de abrirle ventanas a sus sentimientos más profundos. En este relato Dunsany mezcla las dos vertientes clásicas de la literatura, que por un lado es querida por la comunidad, pero por otro inspira lo personal. Se rompe esa pretendida dualidad doctrinal, y nos damos cuenta de que el individuo afronta al mismo tiempo la obra como ente único y como ente social.

El papel central de la poesía como un bien de valor máximo no es puntual en Dunsany, sino que aparece como un hilo conductor a lo largo de todos los relatos. Y en relación con ella entra en juego la figura del narrador y el trovador. Los artistas de la palabra en los cuentos aparecen a menudo como personajes maravillosos, dotados de un aura mágica, con poderes que sobrepasan lo físico. Los guardianes de las historias, los encargados de traérnoslas son presentados en muchas historias como un elemento central, que no podemos olvidar aunque él mismo nos relata unos acontecimientos. Pienso en dos casos concretos: “Un cuento sobre Londres”, y “Un cuento sobre la línea ecuatorial”. En ambos se emplea una técnica que nos viene de Las mil y una noches, en la que un poeta divierte al Sultán con sus poemas. Los dos relatos son muy similares, y al mismo tiempo se contraponen. En el primero, el artista es forzado a hablar sobre Londres por el Sultán. Aunque preferiría hablar de Tebas o Persépolis, nos describe una ciudad maravillosa. Pero en realidad nosotros en ningún caso visualizamos la capital inglesa, sino una utópica ciudad árabe. El poeta seguramente no sabe ni cómo es Londres, pero evocará las más bellas calles sólo para complacer al auditorio. De hecho cuando lo descrito no es del gusto del amo, con murmurar un escueto “No es así”, el aedo cambia su versión y adapta la ciudad, la sueña de nuevo, siempre al gusto del Sultán.

Todo lo contrario pasa en “Un cuanto sobre la línea ecuatorial”. El Sultán congrega a todos los intelectuales del país para que lo complazcan, y de entre todos ellos sobresale uno, que consigue encandilarlo con la historia de una línea que divide la tierra en dos, la línea ecuatorial. El amo, maravillado, decidió que un lugar así sería perfecto para una nueva ciudad maravillosa, donde se vivirían al mismo tiempo todas las estaciones del año. Para proyectarla, manda reunir a todos los poetas para que la sueñen, para que le hablen de cómo será ese maravilloso palacio. Y de entre todos se alza la voz de un poeta, y Dunsany nos maravilla con un precioso poema descriptivo de la ciudad en la línea ecuatorial, maravillosa, imposible, que rompe todas las normas de la física humana. Y el poeta termina su canto diciendo: “y vuestra sabiduría ordenará a vuestros arquitectos construirla de inmediato, que todos puedan ver lo que hasta ahora sólo ven los poetas, y que la profecía se cumpla”. Sin embargo, el Sultan, maravillado, responde al poeta en tres líneas sentenciosas que terminan el relato es un anticlímax magnífico:

“No será necesario que mis constructores construyan este palacio, Erlathdronion, la Maravilla de la Tierra, pues al oíros a vos ya he bebido de sus placeres”.

En la contraposición de estos dos relatos creo que podemos reflexionar de cómo entiende la relación entre literatura y epistemología Dunsany. En ambos casos los poetas son figuras con poder. Con sus palabras crean mundos, diseñan puentes, castillos, y las pueblan con las gentes que sueñan. En ningún caso se niega el papel profundamente creador que tiene el artista. Sin embargo, el primero de los poetas suena falso, forzado, obligado a hablar de lo que o no conoce o no le interesa. Londres no es como él y su Sultán se lo imaginan, y nosotros lo sabemos, lo que hace que todo su trabajo, por hermoso que pueda ser, se convierta en vacuo. Sin embargo, la creación del segundo poeta es curiosamente mucho más real, porque no existe. El aedo al no estar obligado con nada existente, desata todo su poder y su poesía destila pasión, épica y belleza sin mácula. No lo sentimos falso, porque acaba de nacer, y precisamente por eso es mucho más maravilloso que cualquier oda a una ciudad que ya conocemos como Londres. La fuerza de la segunda poesía es tan intensa que el Sultán decide no construir la ciudad, porque ya la conoce, porque ya la ha visitado a través de las palabras.

Creo que de alguna manera volvemos a la clásica discusión sobre la literatura realista o idealista. De nuevo lo relacionado con la realidad, ese Londres decimonónico, es visto como algo vanal, falso, comparado con el brillo y perfección de la ciudad creada completamente por el poeta. Pero no quiero seguir ese camino. Lo diferente en este caso, es que solo la historia verdaderamente fantástica, es la que transmite verdadero conocimiento. Al final de “Un cuento sobre Londres”, el Sultán se va a la cama pensando que ha visto por medio de las palabras esa maravillosa ciudad europea, pero no podemos sentir más que lástima por él, ya que se ha engañado a sí mismo. En cambio, compartimos de alguna manera el alborozo del segundo Sultán, ya que gracias al poeta hemos podido “pisar”, los bellos pasillos de Erlathdronion, la Maravilla de la Tierra. Curiosamente, ese castillo que aún sin edificar es más real que Londres.

Obviamente las ciudades soñadas no son más que metáforas poéticas, pero creo que podemos extraer una idea de la comparación. La importancia dada a la poesía por Dunsany no se queda en un amor romántico al arte. De verdad pienso que el autor irlandés consideraba a la narración como la forma fundamental por la que el hombre conseguía los conocimientos más profundos. El Sultán realmente ha visitado el palacio maravilloso, los aventureros realmente comprendieron sus vidas mejor al leer esos poemas legendarios. Dunsany creía en el poder de la narración para compartir saber. Pero no podemos quedarnos en lo superficial. No era un moralista, sus cuentos no son fábulas que terminen con una práctica lección. Para alcanzar su objetivo no valía con hacer un pobre reflejo de Londres novelado. Había que romper la lógica y chocar con lo inexplicable, esa experiencia de contacto con lo maravilloso sobre la que tanto han reflexionado los escritores sudamericanos del realismo mágico. Esa concepción de la estética creo que se puede ver en este párrafo de uno de sus cuentos más líricos y complejos de entender; “La novia del hombre caballo”.

“Sin embargo, en la sangre del hombre existe una marea, más bien una antigua corriente marina, que se asemeja de alguna manera al crepúsculo y le trae rumores de belleza desde lugares muy lejanos, del mismo modo que en el mar se encuentran trozos de madera flotando a la deriva provenientes de islas aún desconocidas”.

Creo que el objetivo final de Dunsany es conectar con esa marea, que palpita en la propia especie del hombre, y enviar sus historias a través de ella. Sus mundos imaginados serán esos rumores de belleza  llegados de muy lejos, que hablarán directamente a la esencia inefable del hombre y le transmitirán nuevas foras de ver el mundo. Quizás ahora entendamos un poco mejor el por qué de luchar en la guerra para que puedan volver a florecer los cuentos, y por qué escribir un libro para “lanzar fuera las cosas de mayor valor antes de que la casa estalle en llamas”.

Leyendo las obras de Dunsany se me ocurrieron realmente muchas ideas que comentar. La relación del hombre con los tótems ancestrales que podemos ver en “Las imprudentes plegarias de Pombo el idólatra”; la paradójica importancia que un autor fantástico como el irlandés da a las fuentes cuando parecía recoger historias de marineros como “El secreto del mar” o “El botín de Bombasharna” (y cómo esa preocupación por la fuente parece haberse perdido hoy hasta en el periodismo). Incluso podría haber incidido en algunas consideraciones éticas en torno a algunos relatos de terror como “El Bureau d’Échange de Maux”. Sin embargo, todas ellas me parecieron más tangenciales y para no alargar en exceso este trabajo he intentado centrarme en lo que humildemente consideré más trascendental. Dejo todos esos apuntes para futuras aproximaciones a un autor que me maravilla con cada relectura. Para acabar, me gustaría animar a quien lea estas líneas a que acepte la invitación de Dunsany en el brevísimo prefacio a El libro de las maravillas:

“Síganme, damas y caballeros, si de algún modo están cansados de Londres. Síganme si están hastiados por completo del mundo que conocemos, pues aquí esperan nuevos mundos.”

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