Comentarios filosófico-literarios: “La noche boca arriba” de Julio Cortazar

Comentario filosófico-literario de

La noche boca arriba

de Julio Cortázar

por Lucía Laya Gómez

En este comentario voy a analizar el cuento “La noche boca arriba” de Julio Cortázar, publicado en la tercera parte de su obra Final del juego en 1956, desde una perspectiva filosófica. Para ello, comenzaré con un breve resumen seguido de una estructuración de sus distintas partes, básica para el entendimiento de la historia. Finalmente lo relacionaré con distintas partes de la filosofía, como la gnoseología y el psicoanálisis, para llegar a una conclusión.

El cuento narra como un joven, volviendo a casa de su trabajo, atropella a una mujer y sufre un accidente de moto. Cae al suelo y la moto se le viene encima. Es llevado al hospital, intervenido por sus contusiones e instalado en una habitación común. En medio de todo eso, en los períodos de reposo tras dormirse, sueña que es un indio en la Mesoamérica precolombina que escapa de los aztecas durante las Guerras Floridas. En este sueño que se repite, el joven pasa días escapando de sus enemigos hasta que finalmente es capturado para ser llevado a su destino, la muerte en un altar a manos de un sacerdote con un cuchillo de piedra, quien le arrancará el corazón. Mientras tanto el muchacho se despierta agitado y culpa a la fiebre de sus pesadillas. A medida que se apaga la luz de la habitación del hospital, vuelve a caer en el sueño, que se vuelve real. Llegado a este punto, el protagonista no es capaz de distinguir lo soñado de lo real. Apresado y camino del altar, es consciente finalmente de que es la otra realidad la que era un sueño, que era el soñador el que era soñado, y que era él, quien, camino de la muerte entre fuegos y cánticos, se había imaginado esa otra realidad.

La estructura de este cuento es una parte fundamental para su entendimiento. La narración no es lineal, circular o inversa, sino que se mueve entre dos planos o realidades de manera alterna. Llamemos A al plano que correspondería en el tiempo con la actualidad y B al que corresponde con las Guerras Floridas. Así pues, a pesar de que el relato en sí comienza en la realidad A aparece ya un pequeño epígrafe al principio que deja en el lector un sedimento del plano B. A partir de este punto son varios los elementos que provocan los saltos de una realidad a la otra, comenzando con la anestesia puesta en el hospital, lo cual sume al protagonista en un profundo sueño: el plano B. Un salto en este último plano lo hace volver a la realidad A, para ser llevado por la confusión nuevamente al B. Una convulsión, “causada por la fiebre”, lo regresa a la realidad A, donde yace boca arriba. En la misma posición, tras apagarse la luz, retorna a la realidad B, donde es prisionero. Para intentar evadirse, regresa al plano A y finalmente, cuando el sueño lo vence y regresa a la realidad B, es cuando ambos planos se funden y el protagonista es consciente de ello.[1]

Desde el momento en que coexisten estos dos planos es necesario delimitar cual es el real y cual la ensoñación. Es algo que necesitan hacer tanto el protagonista como el lector y lo hacen en distintos momentos de la narración. Muy relacionado con la gnoseología y con el conocimiento proposicional, la distinción entre real e irreal en el cuento se refleja en varios elementos. El primero es la luz, en relación con el tiempo. Es ella la que le da, primero al lector y luego al protagonista, la sensación de que algo no va por el buen camino. El plano A comienza su narración a las nueve de la mañana y finaliza por la noche, algo reflejado en la evolución de la luz a lo largo del día, desde el sol matutino hasta la luz violeta de la lamparita de la habitación. La luz va menguando, a la vez que mengua la consciencia del protagonista en esta realidad.

Por el contrario, en el plano B, donde transcurren menos horas, es permanentemente de noche y la luz se manifiesta al final, como el reflejo de la luna, la luz de las antorchas de los aztecas y la llegada de la muerte. El protagonista en esta realidad espera la llegada de otra luz, la luz diurna que supondría su salvación, que no alcanza a llegar. Es así como se establece una parábola de la concepción lumínica en el esquema de las realidades.[2] Mientras que uno de los planos pasa de lo real a lo onírico el otro realiza la trayectoria contraria.

Otro de los elementos clave es el olor. La concepción del olor es distinta en ambos planos. En el plano A el olor es apenas un dato más para situar la narración. Solo se cita en dos momentos: el olor a hospital mientras le hacían la ficha médica y el olor del caldo. Por otra parte, en la realidad B el olor no es una mera referencia, sino parte del sentimiento del protagonista. El olor del pantano, “la fragancia compuesta y oscura” (p. 2) de la guerra, el olor a humedad de la celda, el del “incienso dulzón de las Guerra Florida” (p. 2) y de las antorchas que lo conducen a su muerte. Es una constante en la existencia del protagonista en este plano, le produce agobio, desasosiego, inquietud, le augura el trágico final que está a punto de sucederle. Además, estos últimos olores suponen a la vez la consciencia en el plano A de que el plano B es un sueño y la paradoja de lo extraño que resulta la presencia de olores en dicho sueño.

En el último párrafo del cuento, cuando el propio protagonista se da cuenta de qué plano es real y cual es el soñado, se dan una serie de referencias curiosas a objetos del plano A. La primera es la de “luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo” referida a los semáforos de las calles antes del accidente. Otra es “un enorme insecto que zumbaba bajos sus piernas” en referencia a la motocicleta que conducía en el sueño. Esta nomenclatura para objetos que, desde la perspectiva del protagonista en el plano B, pertenecen a un futuro incierto, desvela la incógnita del cruce entre en plano A, onírico, con el plano B, real. Asimismo, el sustantivo “moteca” (p. 2), referido a una tribu de indios Mesoamericana precolombina, no existe, sino que es inventada por el autor al cruzar las palabras “moto” y “azteca”. Este recurso es muy usado por Cortázar, como podemos observar en el capítulo 68 de su novela Rayuela, en el cual todos los sustantivos y verbos son invención del propio autor.

En el momento de realizar el descubrimiento de que plano es real y cual es sueño, el lector va algo más rezagado que el protagonista. Al segundo sujeto le afectan más los indicios citados arriba y se va dando cuenta de la verdad de forma paulatina antes de llegar a la revelación final. Por el contrario, el lector es menos consciente durante toda la narración, llegando a un final mucho más abrupto y trastornador. Tanto es así, que algunos estudiosos no niegan la posibilidad de un final abierto en el que el sueño puede ser el plano B y la realidad el plano A, aunque de esta forma el cuento perdería sentido.

La luz, los olores y la nomenclatura singular dan indicios al protagonista y, en menor medida, al lector, del sorprendente final. Pero otros elementos que aparecen en el cuento ayudan a provocar el efecto contrario. El primero es que el plano A esté situado en el presente actual. Esto afecta más al lector, quien, frente a un cuento con dos realidades de las cuales una es la suya propia, por defecto, va a creer que ésta última es la verdadera. Todo sería muy distinto si este plano A no coincidiera con la realidad del lector, ya fuera haciendo referencia a una realidad futura o una realidad pasada.

Otro de los elementos que confunden, en este caso más al protagonista, son la serie de paralelismos que existen entre los dos planos. Algunas de estas similitudes están repartidas a lo largo de la narración y otras se concentran en el último párrafo. Son: el paseo en moto-la huida por la jungla, circular por la derecha-correr por la derecha, desviarse a la izquierda y tener el accidente-desviarse a la izquierda y ser capturado, ser levantado por cinco personas-ser llevado al sacrificio por cinco personas, el hombre de blanco-el sacrificador, un bisturí-el puñal, la lámpara de luz violeta-el amuleto, el dolor en el brazo derecho-el dolor en el brazo derecho, el deseo de dormir al llegar al hospital-el deseo de dormir y pasar al otro plano, el hospital-el templo de los sacrificios, la sala de operaciones-la piedra roja del sacrificio, la posición boca arriba-la posición boca arriba. Este último paralelismo es incluso comentado por el propio narrador, quien dice: “como dormía de espaldas, no le sorprendió la posición en que volvía a reconocerse” (p. 4). Esto hace referencia a las relaciones entre la vida y los sueños, en los cuales las propias vivencias del día a día pueden verse reflejadas de una forma bastante fiel a la realidad o, como en este caso, totalmente trastornadas.

Soñar, ese proceso mental involuntario que nos sumerge en una realidad virtual formada por imágenes, sonidos, pensamientos y sensaciones derivados directamente de la memoria inmediata o anterior, es el recurso escogido por el autor para pasar de un plano al otro. Relacionándolo con el psicoanálisis podemos distinguir en el sueño del protagonista, el plano A, dos tipos de contenido: el contenido manifiesto y el contenido latente. El primero hace referencia a los sucesos que el soñante vive durante el sueño, es decir, estamos ante el contenido simbólico, mientras que el segundo se refiere al significado verdadero del sueño, el contenido latente, el significado.

En el caso de este cuento, el contenido manifiesto se corresponde con la narración de los sucesos en el plano A, el accidente de moto, la posterior hospitalización, y el tiempo transcurrido en la habitación. Pero lo que realmente reflejan estos hechos, el contenido latente del sueño, hace referencia a un deseo de evasión del soñador, quien, al borde de la muerte, anhela existir en una realidad en la que no es perseguido para convertirse en un sacrificio, un plano en el que pasa exactamente lo contrario. Aquí podemos observar una trayectoria cruzada en la fatalidad del protagonista en ambos planos. Mientras que en el plano real, la narración comienza con el indio moteca en una situación de peligro que aumenta según transcurren las líneas, en el plano onírico ocurre lo contrario, es decir, una vez el muchacho sufre el accidente la peligrosidad va disminuyendo una vez es hospitalizado y puesto en observación.

Relacionándolo también con lo citado anteriormente acerca de los paralelismos entre ambos planos, es verosímil que el indio, en los breves períodos de sueño que tiene, refleje los hechos que le van ocurriendo, llegando a ser a veces el sueño augur de los hechos reales (el accidente-la captura, el quirófano-el altar del sacrificio). Es por eso que el autor escoge el sueño como puente perfecto entre ambas realidades.

Cabe destacar también que el sueño del indio moteca comienza como un intento de evasión muy relacionado con su situación en el momento de la relación pero, cuando su yo en la otra realidad se da cuenta de que el plano A es un sueño y que la realidad está en el plano B, este pasa a convertirse en un sueño lúcido, es decir, el soñador pasa a ser consciente de que está soñando, un elemento muy recurrido en la literatura y el cine de ciencia ficción.

El hecho de que el plano onírico esté situado en un tiempo futuro, el cual curiosamente coincide con el del lector, muy acorde también con todo el género de la ciencia ficción, está relacionado con la ética y con una de las grandes preguntas de la filosofía, el ¿Adónde vamos? Nuestro indio moteca sueña con un mundo avanzado, donde el ser humano se mueve más deprisa, tiene medios para evitar la muerte y convive con sus iguales en una sociedad distinta de las precolombinas. Un mundo lleno de normas explícitas con manifestaciones físicas, como las señales de tráfico, y normas implícitas interiorizadas por el hombre, como los códigos de conducta. Un mundo en el cual, a priori, reina la regla de oro: Trata a tus congéneres igual que quisieras ser tratado. Por eso, en el plano A el protagonista salva la vida de la mujer en el cruce, pese a poner en peligro la suya propia, por lo mismo que existe un lugar llamado hospital donde se huye de la muerte, por el respeto hacia el prójimo y el valor de la vida. Un respeto que en el mundo del indio no existe, ya que en él la vida es considerada la moneda de cambio para conseguir favores divinos, independientemente de su edad, sexo o tribu.

El indio moteca desearía estar en ese mundo y, puesto que es consciente de que esto es algo irrealizable, sueña esperanzado con que la humanidad llegue en algún momento a ese estado de modernidad y respeto mutuo entre sus congéneres. Se convierte la narración del plano A, además de en un sueño-ensoñación, en un sueño-anhelo. Por fortuna, el ser humano ha alcanzado ya el punto con el que soñaba el indio, pero experimentando a la vez, por desgracia, aberraciones más inhumanas que las propias Guerras Floridas, tales como la esclavitud, el Holocausto o las guerras nucleares.

Para concluir, este cuento de Cortázar necesita ser leído varias veces para poder captar su esencia. Es cierto que ya en la primera lectura se aprecia la originalidad de su estructura y de su temática, pero para observar los finos hilos de los que estos penden es indispensable repetirla. Se cruzan una gran cantidad de recursos, ideas y juicios en un espacio físico de apenas cinco páginas, y es precisamente ahí donde residen su complejidad y su belleza. Este en concreto parte de una vivencia del propio autor, pero en él resuena también el eco de un micro relato llamado “Sueño de la mariposa”, de Chuang Tzu:

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Anexos I y II

7 opiniones sobre “Comentarios filosófico-literarios: “La noche boca arriba” de Julio Cortazar

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